El Valle (a encomendarse a la) de Guadalupe

Por Virgilio Muñoz Alberich

El Valle de Guadalupe es la mejor expresión colectiva de la fuerza de talento, trabajo y crecimiento de Baja California. El dinamismo en el Valle es una fuente de orgullo para nuestra entidad federativa, al ser la vid y el vino los nuevos catalizadores de la identidad y el arraigo en el Estado.

No es para menos. De la actividad vinícola se ha renovado a Baja California como atractivo turístico para visitantes nacionales y extranjeros. El Valle de Guadalupe significa también oportunidades significativas de inversión, generación de empleo y derrama económica. Ello sin dejar de lado la recuperación de una parte importante de nuestra tradición e historia que, en torno al cultivo de la vid, vio la inmigración a esta región de familias rusas, italianas e incluso de mexicanos de otras partes del país que con su llegada enriquecieron con su cultura a nuestra sociedad.

Sin embargo, si deseamos hacer de esta fuerza motora una fuente de orgullo de largo aliento, resulta indispensable darle viabilidad al desarrollo del Valle de Guadalupe. Entre los principales desafíos se encuentran:

Establecer un planteamiento estratégico que determine con visión de amplio respaldo social, la mejor movilización de recursos públicos y privados de mediano plazo, para asegurar un crecimiento ordenado del Valle y genere los incentivos adecuados que mantengan y promuevan un producto de calidad internacional.

Plan maestro de infraestructura esencial. Los focos rojos en materia de abasto de agua, manejo de basura, rehabilitación de caminos rurales, obstáculos en el registro fiscal y el pago de impuestos, así como riesgos crecientes en materia de seguridad, llevan años sin ser atendidos de manera adecuada por las autoridades de los tres órdenes de gobierno.

Programa de capacitación, equipamiento, promoción y comercialización de los productos del Valle. Garantizar la calidad y mejores precios en los productos del Valle pasa por asegurar condiciones de competencia y de oportunidad en los procesos que llevan del cuidado de la vid a la compra de la botella de vino en alguno de los canales de consumo.

Proactividad en la comunidad productiva. A los distintos productores les ha dominado la rivalidad comercial sobre los intereses comunes que pudieran empujar como industria, dejando de lado la organización colectiva para garantizar el trabajo de las instituciones en favor del crecimiento económico y el bienestar social.

De seguir las inercias, más pronto que tarde se acabará el atractivo del Valle de Guadalupe. Lamentable situación si se considera que principalmente no se trata de un asunto de cuantiosos recursos económicos, sino de gestión colectiva adecuada y oportuna para resolver los retos a todas luces visibles. Si no hay cambio en la ruta del vino, el Valle no tendrá de otra más que encomendarse a la Virgen de Guadalupe.