El umbral del 8 de diciembre

Por Daniel Salinas Basave

Quizá el libro que emocionalmente me ha marcado con mayor fuerza en la edad adulta sea la novela La carretera de Cormac McCarthy. En dicha historia, un hombre y su hijo pequeño recorren un devastado entorno post apocalíptico. 

 

Un cataclismo ha transformado el planeta en un valle de desolación en donde los pocos sobrevivientes deben arreglárselas de la misma forma que hace un millón de años hicieron los hombres primitivos. Escondiéndose de las hordas de caníbales que pululan por el entorno, desafiando la proximidad del invierno y tratando de encontrar comida bajo una tierra yerma, el padre y su hijo recorren una desolada carretera avanzando hacia lo que ellos creen es el Sur. Seguro estoy que este libro no me hubiera tocado tan profundo si lo hubiera leído antes del nacimiento de mi hijo.

Leí La carretera cuando acababa de debutar como padre de familia y lo cierto es que el relato me generó un sentido de identificación plena. Si en esta vida tengo una misión o una prioridad, es proteger a mi hijo y darle las herramientas para que pueda atravesar un mundo hostil.  Tal vez la visión del planeta que dibuja McCarthy sea extrema, pero creo que en no pocas cosas nuestro entorno actual es tan hostil como el de La carretera.

El 8 de diciembre de 2009 Iker llegó a nuestras vidas y desde entonces el mundo brilla con otra luz y tiene un nuevo sentido. Ser papá ha sido el mayor umbral que he cruzado en la existencia, un auténtico antes y después.

Nada cambia tanto la visión, las perspectivas y las prioridades como tener un hijo. Puedes festejar un gran éxito profesional, hacer un viaje largo, escribir cinco libros, vivir situaciones emocionantes, ser parte de hechos históricos, pero la realidad es que nada se compara a la paternidad.

Desde entonces mi visión del entorno es muy diferente. Las cosas y los hechos tienen otro sentido, pero quizá el cambio más radical  es la motivación con la que me levanto cada amanecer. Ver a Iker correr y emocionarse con mil y un fantasías me hace redescubrir y reinventar el sentido de la existencia y su infinito misterio. La vida vale la pena ser vivida en la medida que él la va descubriendo.

También me hace  reflexionar demasiado sobre el mundo en el que va a vivir cuando sea mayor. Hemos machacado hasta la saciedad la frase aquella del mundo que heredaremos a nuestros hijos y aunque sin duda el deseo de un mundo mejor va incluido  en nuestro testamento, lo único que puedo asegurar casi con total certeza, es que ese universo que dejaremos en herencia será un sitio radicalmente distinto al que ocupamos actualmente.

Vaya, el mundo que heredamos de nuestros padres y nuestros abuelos no se transformó tan radicalmente como se transformará el mundo que heredaremos a nuestros hijos.  Las reglas del juego que enfrentará Iker no se van a parecer en absoluto a las que nos toca enfrentar a nosotros ahora.