El último adiós

Por Dianeth Pérez Arreola
El pasado Día del Padre fue un día extraño. Fuimos a ver a mi concuño, que había fallecido hacía tres días y estaba en su casa, como se acostumbra a veces aquí.

Se llamaba Jan de Goede, que significa “el bueno” y en verdad hacía honor a su apellido. Fue de los primeros que me hizo sentir bienvenida a este país, siempre dispuesto a rescatarme de un rincón, donde terminaba muchas veces abrumada por el idioma.

Después de una mañana tranquila en casa, viendo a mis hijas darle a mi esposo un regalo del Día del Padre hecho por ellas mismas, hubo que enfrentarse a ver el dolor de dos hijos en la veintena que se han quedado sin padre.

Ni que decir del dolor de mi cuñada, que ha perdido al amor de su vida y alterna momentos de llanto discreto frente a la familia, con lágrimas de rabia cuando está sola. Han puesto a Jan en la sala de su casa. Tenía 64 años y murió por complicaciones tras tener un derrame hace un par de semanas.

Frente a ese cuerpo que parece de cera, lloro por diferentes motivos: por la muerte de mi concuño, por la viudez de mi cuñada, por la media orfandad de sus hijos, por la tristeza del resto de la familia, pero también lloro por mí. Porque un día seré yo la hija que llore a su padre, y tal vez la viuda que llore a su marido.

Lloro porque la vida me ha puesto al otro lado del mundo y esta muerte me enfrenta con la realidad del finito tiempo de los míos. Me entra la urgencia de largarme de aquí, como si la muerte supiera de fronteras.

En estos casi trece años he estado ausente en muchos funerales en México, y el luto y las ausencias se viven de manera diferente. Ni siquiera puedo decir si más, o menos tristes; a veces parece mejor no haber visto a alguien acabado por la enfermedad y a veces parece peor no haberlo visto una vez más a los ojos.

Por otro lado, en estos años aquí solo he ido a unos pocos funerales y tengo que decir que los holandeses tienen una mejor forma de dar el último adiós; se han alejado de las tradiciones y se han abierto a todas las posibilidades.

Aquí uno se va como quiere, no como dice la iglesia ni los demás; por supuesto es gracias al ateísmo de la tercera parte de la población. En la funeraria antes del entierro o la cremación puede escucharse rock pesado, o que alguien toque el piano, el violín o el acordeón, bailar ballet en un tutú rosa o pasar fotos o videos caseros.

Si cada quien es libre de vivir como decida, todos deberíamos despedirnos como nos plazca.  No podemos decidir cuándo, pero sí cómo. Jan se fue entre la música de André Rieu y las cálidas palabras de su familia, dejándonos un hueco en el corazón, haciéndonos pensar en lo impredecible del futuro y la necesidad de vivir el presente con intensidad.