El Trump holandés

Por Dianeth Pérez Arreola

El Donald Trump holandés se llama Geert Wilders. Es el fundador y líder del Partido por la Libertad, y reconocido xenófobo europeo.

Al parecer cada nación del viejo continente no se quiere quedar atrás de Estados Unidos, y como hongos en otoño han surgido por todos lados versiones de Trump, alentados por la mala situación económica y la crisis de los inmigrantes.

Wilders me recuerda a la noticia aquella de los peruanos que tenían un grupo para enaltecer la supremacía “blanca”; como el niño o el adolescente inseguro que quiere demostrar que cumple los requisitos para pertenecer al grupo, a sus 53 años se tiñe, o mejor dicho, se decolora el cabello y desde hace ya mucho va por la vida de rubio platino.

Gracias a sus acusaciones contra el islam, vive permanentemente protegido por guardaespaldas desde el 2004. Predica contra la “islamización” de Holanda y pretende cerrar todas las mezquitas y escuelas islámicas de llegar al poder.

A Wilders le acaban de imponer una multa de cinco mil euros por un discurso donde pedía menos marroquíes en el país. Esta sanción es emblemática, porque supone ya un problema definir donde está la línea entre libertad de expresión y un discurso racista.

En realidad hay casi tantos marroquíes como alemanes o indonesios, pero a ellos nadie les pide que se vayan, así que en realidad la lucha del ateo Wilders es contra la religión del islam.

Aquí se usan dos palabras para referirse a los nacionales de Países Bajos: autochtoon, que serían los holandeses típicos, blancos, altos, con padres y abuelos holandeses y allochtoon, que son los nacidos en otro país o con un padre o madre extranjeros. Curiosamente el rey es allochtoon por ser hijo de un alemán, y su hija, la princesa Amalia, también lo es por tener una madre nacida en Argentina.

Los discursos anti-islam de Wilders no han salido de la nada. Se han descubierto y expulsado del país a predicadores musulmanes que alentaban a unirse al Estado Islámico. Ha habido musulmanes que se han negado a dar la mano a mujeres holandesas, y es un hecho que más del doble de marroquíes recibe dinero del gobierno en forma de prestaciones sociales comparado con el porcentaje de población autochtoon que lo recibe. Algo equivalente a la ayuda por “desempleo” de los estadounidenses.

Las mujeres musulmanas son educadas, inteligentes y respetuosas, pero los jóvenes turcos y marroquíes principalmente, no suelen llegar lejos en la escala académica y muestran un machismo que desentona con el carácter igualitario del país. Por otro lado, a muchos en pleno 2016 se les niegan oportunidades por su color de piel o por su origen étnico, haciendo que efectivamente los allochtoon sean quienes necesiten de los beneficios sociales para subsistir.

Parte del detonante de la popularidad de la ultraderecha en Europa es un deficiente, nulo o limitado programa de integración para quienes obtienen el pasaporte europeo. Con este rezago, no se puede esperar que la acogida e integración de los recién llegados sea la mejor, ni una garantía de tranquilidad social, y por ende, del fin de gobiernos abiertamente xenófobos.