El todopoderoso lector 

Por Daniel Salinas Basave

Una de las mayores enseñanzas del taller literario de mi maestro Rafael Ramírez Heredia, fue que como autor te debes aprender a callar la boca cuando un texto tuyo es criticado.

¿Por qué? Sencillamente porque el texto ya no es tuyo. Una vez que lo publicas ya lo soltaste y te ha dejado de pertenecer.

Ponerte a defenderlo te haría ver como una mamá cuervo que sale a proteger su bebé en las peleas callejeras de secundaria. El muchacho ya es independiente, vuela con sus propias alas y se las debe poder arreglar. Así debes actuar con tus textos. Hasta la interpretación o lectura más estúpida es válida. El lector no tiene por qué leer lo que tú le quisiste decir. Si tuviera que aplicar la máxima zapatista de la tierra es de quien la trabaja, diría que el texto es de quien lo lee, nunca de quien lo escribe.

Mi creencia en la independencia del texto es algo más que una metáfora. En efecto, pienso que un texto es y debe ser libre de su autor. Yo sí le creo a Borges cuando dice que cada drama de Shakespeare se vuelve a escribir cada vez que un lector lo toma en sus manos.

Las posibilidades de un texto pueden superar con creces la intención del autor. El Quijote es un buen ejemplo. Para Cervantes era una deliciosa sátira sobre los burgueses aficionados a la novela caballeresca, pero tal vez jamás tuvo la intención de hacer de su historia un manantial infinito de enseñanzas filosóficas y sociales ni imaginaba estar escribiendo la obra cumbre de la lengua castellana.

Empezando por lo más básico, diré que un texto le pertenece al lector desde el momento en que a cada uno le evoca imágenes diferentes.

A ver ¿Cómo se imaginan ustedes a Dulcinea? ¿O a la Maga? ¿O a Emma Bovary? ¿Coincide su imagen con la que concibieron Cervantes, Cortázar y Flaubert? Sí, digamos que te apegas a su descripción, pero tú le pones el rostro que tú quieres y ningún rostro es igual a otro. ¿Cómo nos imaginamos a Gregorio Samsa? ¿Lo representamos como una tropical cucaracha de costa mexicana o como un escarabajo pelotero? ¿Cómo era la habitación petersburguesa donde Raskolnikov vive torturado por los demonios de la culpa? ¿Cómo son los ojos de la fantasmal Aura? ¿De qué color son las paredes de la habitación donde Borges encuentra el Aleph? O, para no ir más lejos ¿Cómo te imaginas el Aleph?

Eso le pertenece a cada lector. Ya no digamos la sensación que provoca la obra, las evocaciones que trae consigo, los pasajes de tu vida que te hace recordar, las fibras sensibles que te toca. Eso no lo gobierna ni lo gobernará el autor. Si tú deseaste escribir una novela tétrica, deprimente, oscura y resulta que un lector la encontró sumamente cómica, no podemos decir que esté equivocado.

También tienes derecho a tomar con solemnidad las comilonas del gigante Pantagruel. El libro es tuyo. Invertiste en él o te tomaste el riesgo de robarlo o de convencer a tu amigo de que lo prestara.

Así las cosas, eres libre de interpretarlo, entenderlo, gozarlo o detestarlo como te dé la gana. El autor no podrá venir a regañarte por ello y a decirte: disculpa, pero creo que me estás malinterpretando, yo no quise decir eso cuando lo escribí. Cállese la boca posesivo autor. ¿Para qué lo escribía entonces? Yo soy el lector, yo mando, soy amo y señor del libro que leo y usted… a callar.