El ticket que expiró a las cero horas

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Los que me conocen saben lo obstinada que puedo ser cuando tengo una idea en la cabeza. Y estando en Roma recorrí cada rincón del gran imperio romano, pero me faltaba algo. Un día después de cenar estábamos muy cansados y yo todavía no encontraba el momento para fotografiar el coliseo romano de noche. Me había familiarizado con las rutas del metro y las zonas que más me interesaban, sin contar que ya me movía con más seguridad en la ciudad con la confianza para andar sola de noche por si Valente tenía otro plan. Y así fue esa noche, él estaba muy cansado y prefería dormir.

Entonces me colgué la cámara en el cuello, tomé el tripié y metí en la bolsa trasera de mi pantalón el boleto del metro, una copia de mi pasaporte, un billete de veinte euros y salí rumbo al coliseo. Eran las diez de la noche y yo estimaba no tardarme tanto pues solo quería tomar unas cuantas fotografías; pero cuando salgo de la estación vi las majestuosas ruinas iluminadas y a los alrededores una actividad nocturna que estaba comenzando en los bares que rodeaban ese lado de la estación por lo que me sentí segura con tanto movimiento y desplegué el tripié, monté la cámara y comencé a tomar las fotografías.

Estaba tan entretenida que se pasó el tiempo y cuando vi el reloj era casi la una de la madrugada, y tal cual una cenicienta apresurada desmonté a toda velocidad la cámara, doblé el tripié y corrí a la puerta de la estación del metro; pero cuando llegué a los torniquetes para entrar ¡Oh sorpresa! Mi boleto del metro había expirado. En ese momento me sentí confundida y un poco estafada porque cuando lo compré en la mañana la boletera me dijo que tenía una vigencia de 24 horas.

En el torniquete contiguo estaban cuatro chicas españolas pasando la misma situación; por lo que preguntamos a una policía de la estación y nos explicó que el boleto no tenía una vigencia de 24 horas sino que expiraba a las 24 horas. Entonces a las cero horas con cincuenta minutos el boleto ya había expirado y sólo dijo: “vayan a la máquina y compren un boleto”. Las chicas a punto del llanto dijeron que ya no tenían dinero porque se habían gastado todo en el bar.

Las vi tan preocupadas que les dije que yo podía pagarles el boleto del metro y cual va siendo la sorpresa que la máquina despachadora no aceptaba billetes de veinte euros. La ventaja era que en la terraza de arriba estaba todos los bares abiertos con la fiesta en pleno y ellas venían de ahí. Así que les dije que les daría el billete para que fueran a cambiarlo y regresaran con las monedas para comprar los boletos de todas, en la máquina expendedora.

Tal cual lo dice Cesáreo Pavese que viajar es una brutalidad porque aprendes a confiar en desconocidos, tuve que confiar en ellas y las esperé en la estación. A los diez minutos regresaron corriendo con el equivalente al billete en monedas y pudimos comprar todos los tickets del metro. Sus rostros lucían aliviados y yo respiraba mejor. Recuerdo con emoción esa anécdota y me sigo preguntando quién ayudó a quién. Lo cierto es que cuando uno viaja siempre se encuentra esos ángeles de la guarda que te sacan de un apuro y le agregan magia a tus viajes.