El santo oficio de los ofendidos

Por Daniel Salinas Basave

El espíritu de la época se regodea en la intolerancia. Iniciamos la primera semana del verano con la noticia de que al tribunal del santo oficio de los ofendidos le ofende profundamente Miguel de Cervantes  y considera pertinente rayar  y destruir su estatúa en el Golden Gate Park. Los nuevos inquisidores pintaron los ojos del Manco de Lepanto con spray rojo y escribieron la palabra Bastard. Seguro estoy que ni uno de los pobres resentidos que perpetraron o validaron esa acción ha leído una página de Don Quijote o tiene una mínima idea de su significado fuera de alguna machacada imagen cliché como los molinos del viento. ¿Qué representará Cervantes para ellos? ¿Un defensor de la esclavitud acaso? ¿Creen que el haber vivido en la época de la España imperial lo convierte necesariamente en un colonialista? ¿Sabrán que el Caballero de la Triste Figura era un promotor de la tolerancia y el respeto a los derechos de los desvalidos? En una época en que los moros y judíos habían sido expulsados de España, Cervantes, a través de personajes como el Cautivo, quien contrae matrimonio con la hija de un sultán turco, habló del respeto a la diversidad cultural.

Los vándalos también la emprendieron contra Fray Junípero Serra, cuyo monumento fue derribado. ¿Creerán que su cruz lo convierte automáticamente en genocida? ¿Tendrán alguna mínima idea en torno al descomunal legado cultural  de los misioneros de las Californias? Yo mismo, que no tengo religión ni creo en dios alguno, admiro la labor realizada por jesuitas y franciscanos en estas tierras. ¿Sabrán que este fraile fundó las misiones de  San Diego, San Luis Obispo, San Juan Capistrano? La semilla de lo que hoy es California fue plantada por este misionero mallorquín. ¿La consigna es borrar de tajo su legado y pretender que no existió?

Este acto vandálico encarna la dogmática intolerancia de quienes dicen luchar por un mundo más tolerante, una nueva inquisición que se ha dado a la tarea de censurar y arrojar a la hoguera todo aquello que no se ajusta a su limitada, pacata e inocentona idea del mundo. Los mismos que abogan para que un clásico cinematográfico como Lo que el viento se llevó deje de proyectarse por considerar que hace apología del esclavismo tan sólo por reflejar la realidad y el espíritu de una época, o los que quieren llevar a la hoguera a Huckleberry Finn de Mark Twain sólo por utilizar la palabra Negro.

Cómo explicarle a un eterno ofendido que es un absurdo intentar sentar en el banquillo de los acusados a obras o personajes del pasado para ser condenados por un tribunal regido por la moral dominante en el mundo actual. Si las bellas artes se rigieran por parámetros moralizantes o tuvieran que ajustarse a los ridículos criterios de lo que hoy se considera políticamente correcto, probablemente acabaríamos arrojando a la hoguera a buena parte de nuestro acervo cultural. Colocadas bajo el intolerante ojo de la censura actual, a miles de obras se les podría acusar de racistas, machistas, sexistas. Durante la época en que el índice de los libros prohibidos por la inquisición marcaba lo que los lectores podían o no leer, el acervo bibliográfico disponible se limitaba a aburridísimos libros de teología católica o vidas de santos. Si el nuevo tribunal del santo oficio de los ofendidos decide hoy cuáles obras artísticas tenemos derecho a disfrutar por ajustarse sus valores morales, el resultado será tan patético como el que regía a la industria editorial en la Nueva España. Me repugna la sola idea de vivir en un mundo así.