El Royal Mail, 70 libras para libros

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Comencé a viajar con los libros y después fui por ellos a todo el mundo. Mi mamá siempre se preocupó que aprendiera muchas cosas y hoy le agradezco que haya sido así, pues aprendí a viajar con la historia y la geografía, soñando con pisar todos esos lugares que conocí leyendo.

Cuando estudié arquitectura, la biblioteca de la facultad era uno de mis lugares favoritos y ahí tuve acceso a maravillosos libros de arquitectura y de historia del arte; y cuando las clases nos daban tregua, pasaba ese tiempo libre viendo en esos libros todos los edificios que quería conocer en persona, a la vez que hacia mi lista de viajes para conocer todas esas obras.

La arquitectura siempre ha sido parte de mis itinerarios, pero las librerías también. Cuando estoy de viaje, sacaba esas imágenes que quedaban en mi mente e iba tras ellas para sentirlas, posarme ante cada edificio y fotografiarlos para traerme esos recuerdos, pero también aprovechaba la vuelta para traerme libros que me encontraba en cada ciudad. Esos libros siempre viajan a México en mi maleta y aunque Valente siempre tiene espacio para traerse alguna botella de vino, también le busca un campo para uno que otro libro.

Una vez en Londres, Valente y yo nos emocionamos viendo y comprando libros en varias librerías que visitamos, pero cuando comenzamos a empacar nos dimos cuenta que se nos había pasado la mano en volumen y en peso. Por lo tanto meterlos en la maleta no era una opción pues el sobre peso en el equipaje podría resultar un gran problema. Pensamos en las opciones de paquetería para enviar lo libros a México y fue cuando alguien nos dijo que para qué nos preocupábamos si Reino Unido tenía el mejor correo del mundo y estábamos por comprobarlo.

Era el Royal Mail, creado hace 385 años para el uso exclusivo del rey y su corte para llevar su correspondencia a pie o a caballo. Era tan lento, que una carta de Londres a Edimburgo podría tardar en llegar casi dos meses, pero la modernidad hacia que fuera rápido y eficiente.

Antes de volar fuimos a la oficina postal y cuando llegamos con nuestro montón de libros lo pusimos en una caja y nos pidieron que la colocáramos en la báscula; entonces la aguja de la balanza marcó 22 kilos.

Si contamos que cada 100 gramos costaban 3.21 libras, el total del envío equivalía más o menos a 70 libras que tuvimos que pagar para poder enviar los paquetes a Estados Unidos que después recogeríamos.

La libra estaba en ese entonces como a veintidós pesos; así que más o menos la compra compulsiva de libros nos terminó costando el equivalente a mil quinientos cuarenta pesos que diluían cualquier oferta que hubiéramos conseguido.

Hoy en día, cada que tomo uno de esos libros en mi mano y lo vuelvo a leer, recuerdo que el precio es relativo, pues el valor que le des a las cosas es lo que estés dispuesto a pagar por ellas. Desde ese entonces siempre llevo mi provisión de ahorro por si tengo que pagar paquetería para enviar los libros que no resisto comprar.