El robo del siglo

Por El Recomendador

Netflix afirma una y otra vez en su propaganda que sus series son para verlas “una y otra vez” ¡No, ni que fueran todas obras de arte! La verdad es que estos mercaderes del entretenimiento distan mucho de cuidar la calidad artística de sus obras.

La constante de ellos es vender más y para ello se valen de lo que excita al lector sea por el sexo, la violencia, o el sensacionalismo. Pero el material es, en su mayoría, barato y poco respetuoso de los mejores valores y virtudes de que es capaz la especie humana.

Esta compañía promueve lo que estadísticamente es más vendido en tu región; es decir, en Iberoamérica a la que por cierto conocen mal pues parten para proponer sus obras de mentalidad llena de los prejuicios que tiene de nosotros la raza blanca de tradición protestante.

Cuando esta compañía repite los temas de éxito, lo cual no tiene en sí nada de reprobable, su propósito no es el de superar con un arte creativo y verdadero el material ya exhibido, sino sólo vender. La calidad artística no es buscada. De lo que se trata, únicamente, es el aumento de ganancias fáciles. Se presenta, esta vez, una obra de producción colombiana que es un intento válido de narrar una historia referida a hechos realmente ocurridos.

En efecto, El robo del siglo es una serie que pretende estar enraizada en los modos y usos de vivir de los colombianos, pero un tanto estereotipados y simplificados. La propaganda para atraer al espectador dice que Chayo, un ladrón endeudado, planea robar el Banco de la República de Valledupar, pero primero debe convencer a doña K y al abogado que es un viejo amigo suyo que fue gravemente balaceado en un atraco anterior.

Lo que intenta el director es construir personajes creíbles o casi creíbles. Y casi lo logra con algunos. Los episodios son emocionantes en su mayoría. Están salpicados de cumbias y vallenatos con letra y música vulgar y llena de disparates.

La acción, ciertamente, va intrigando a quienes la siguen, tanto por la audacia del asalto urdido por su autor intelectual un “abogado” ingenioso a petición de fabulador muy convincente. El desenlace resulta muy peculiar por el intento, en parte logrado, de contar algo creíble.

En el relato se intenta contar el conocido caso de ladrones buenos que no quieren asesinar ni parecerse a los mafiosos en su crueldad: no quieren sangre ni muertos en el atraco. Unos ladrones con palabra de honor y que no son asesinos, aunque alguno del equipo formado sí se asocia con la mafia de narcotraficantes y a ésta no le importa matar hasta las esposas, hijos y nietos de sus enemigos, entre más inocentes e indefensos, mejor.

En el planteamiento criminológico de la historia, está el caso de gente del pueblo que, a diferencia de la mayoría de los políticos que hoy están en la mira pública de México, en ese pueblo sí surte efectos la ejemplaridad del miedo a la pena que pretendieron lograr entre el pueblo los autores del Código Penal.

Los asaltantes se inhiben de cierta clase de delitos de sangre, logran ser como buenos ladrones honrados. ¡Bueno, honrados sí, pero lo que se dice, “horados, honrados”, quién sabe!

El post-desenlace que hoy se acostumbra aparece mal contado y sus letreros explicativos son pésimos.