El regalo

Por Dianeth Pérez Arreola

Hace ya algunos años le pedí a mi marido que me regalara de cumpleaños un día de retiro espiritual. Sería un día entero en una cabaña en el bosque, vestida de blanco, meditando con ayuda de ayahuasca. Entonces tenía muchas dudas de qué hacer con mi vida, y decían que esta experiencia ayudaba a la gente a tomar decisiones.

Pues ahí voy, vestida de blanco en el tren a una ciudad lejana. Otras tres mujeres de blanco llegaron al punto de reunión acordado para que nos recogieran y llegamos a la casa en el bosque.

En el ático había un gran espacio con colchones y dos baños. Una chica española del grupo de guías me dijo que ella estaría pendiente de mí, que le hablara para cualquier cosa. Tomamos un pequeñísimo vaso con la bebida tradicional indígena, de color negro y con un sabor muy amargo y los cerca de doce participantes nos tendimos en los colchones.

Yo solo pude tenerla en el estómago como un minuto, y a otras personas les pasó igual, pero dijeron que con haberla retenido treinta segundos bastaba para sentir sus efectos. Una mujer dos colchones a mi derecha empezó a quejarse como si estuviera en una película porno, y no me dejaba concentrar. Le llamé a la chica española y le dije a manera de broma “yo quiero esa dosis” pero ella solo me miró muy seria pensando que alucinaba. Le dije que no sentía ningún efecto y me dijo tras consultar con la guía principal que tendría que tratar de concentrarme en la música.

La música estaba impresionante. Era una mezcla de melodías árabes, indígena sudamericana, de arpas, flautas y ritmos extraños. Bajamos a comer y seguimos con la segunda parte de la meditación. Esta vez logré retener la bebida y se habían llevado a la quejosa a otra habitación.

Podía escuchar la música de manera muy especial, como si pudiera subir a placer el volumen de cada instrumento y seguir la melodía individual y la de conjunto. En un momento escuché la música desacelerándose, como si hubieran desconectado un tocadiscos, para segundos después volver al ritmo normal, y en otro momento oí como si se hubiera rayado el disco.

Luego vi colores muy vivos que yo interpreté como sentimientos, y en mi mente decía “ah, hay amor amarillo y de muchos colores, y bondad rosa y de muchos colores, y amor azul y de muchos colores” y el solo hecho de pensar esto hizo que llorara de felicidad. Ahora suena absurdo, lo sé, pero me alegra saber que los efectos sucedieron dentro de mi cabeza y no se manifestaron en forma de quejidos porno, por ejemplo.

Bajamos a cenar y a hablar de nuestras experiencias. Yo tenía curiosidad por saber qué diría la de los quejidos, pero no habló mucho. Todas las experiencias fueron diferentes y la explicación es que cada uno lucha contra lo que lo atormenta. Si yo solo había visto colores y sentimientos positivos supuse que la causa sería una sobredosis de episodios de “My Little Pony” patrocinada por mis hijas.

Poco después de la cena empecé a sentir muchas náuseas. Me levanté discretamente a buscar un baño, pero no lo encontré a tiempo. Nos regresaron a la estación, desde donde cada una tomó un tren de regreso de casa. Yo con la chamarra abrochada hasta el cuello, para ocultar mi ya no tan blanca vestimenta.