El Principito y el zorro 

Por Daniel Salinas Basave

Creo que nunca en mi vida adulta había pensado tanto en El Principito como en este otoño triste. Los atardeceres irrumpen con premura, el viento llega cargado de mensajes y yo pienso que el sentido de lo que verdaderamente importa en esta vida yace en el diálogo entre El Principito y el zorro. “No era más que un zorro, semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”.

Nuestro zorrito se llama Canica, es única e insustituible en el mundo y en estos días está diciéndonos adiós. De un momento a otro toda nuestra energía está concentrada en salvarla o en alargarle la vida aún a sabiendas de que la batalla está perdida.

Canica llegó a nuestras vidas hace más de doce años, en el verano de 2008. Carolina y yo la vimos de reojo desde el carro un sábado al mediodía. La traía consigo un albañil y nos conquistó apenas hicimos contacto visual, aunque toda ella era una mata de pelambre, garrapatas y suciedad.

El albañil nos la regaló. Al parecer le urgía deshacerse de ella. La llevamos a bañar y a pelucar. Con el corte y el baño parecía otra. Su arma de seducción fueron siempre esos ojos con rímel natural y las orejas bicolores, cafés con puntas negras.

Larga y puntiaguda como una comadreja, era la agilidad encarnada cuando corría como saeta, saltando de un sillón a otro. Derrochaba energía, vitalidad y coraje. Desde entonces ha sido parte de la familia. Desde que Iker nació Canica ha estado aquí. Nuestro hijo ha convivido con ella a lo largo de sus diez años de vida. Dicho en otras palabras, aún no sabe lo que se siente vivir sin ella y si bien su forma de demostrarle amor es a través de bromas y carrilla, siempre nos ha quedado claro cuánto la quiere.

Nuestra particular cuarentena ha estado marcada por la agonía de nuestra perrita que comenzó casi a la par de la pandemia. Desde la primavera los análisis han arrojado riñones e hígado patinando al borde del desbarrancadero. La veterinaria nos recetó una ristra de medicamentos. Unas pastillas que actuarían como diálisis, un antibiótico para conjurar infecciones internas y una dieta ultra estricta. Seguimos al pie de la letra cada indicación.

A mediados de abril un estudio nos confirmó la presencia del cáncer. Aun cuando todo su cuerpecito parecía ser un campo minado, ella se las arregló para continuar disfrutando de la vida. Siguió siendo terca y puntual para exigir sus paseos al amanecer y al caer la noche y su nariz seguía peinando cada rincón del parque con renovado interés.

Mantuvo su papel de guardiana inflexible de la casa y no dejó de bailar de emoción en las tardes de carne asada, sin duda el favorito de sus rituales familiares.

En la frontera entre el verano y el otoño un nuevo padecimiento irrumpió en el escenario cuando su útero se infectó, sin que el cáncer dejara de avanzar al tiempo que sus riñones se debilitaban cada vez más. Canica ha dejado de comer por sí misma, la alimentamos sambutiéndole la comida hecha papilla a través de una jeringa y pasa buena parte del día conectada al suero. Hoy al amanecer tuvo la energía para dar un paseo al parque, acaso el último de su vida. Sus ojos no han dejado nunca de brillar y desde una región límbica aún nos sigue con la mirada.