El otro y su redundancia

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me temo que no necesitamos tanto y que sobre exageramos en aquello que a veces solicitamos y creemos querer, pienso que en la verdadera desgracia y en el dolor solo queremos sentir al otro y no más; reconocer lo vivo y similar, saber o encontrar que somos entendidos, ¡vaya el confort de ello!

Queremos encontrarnos, queremos vernos a los ojos, no es necesario el lujo, las grandes o sabias frases, solo los buenos corazones, la voluntad, hallarnos en los ojos del otro, saber que nuestras palabras están siendo escuchadas y aterrizan justo y descienden y liberan. Y vaya que nos liberan, sueltan todo en un escape de hermoso y violento. 

Saber que más allá de este cuerpo que nos limita existe el otro, ese otro que nos apoya y nos respalda y nos brinda consuelo en la mera sencillez de su existencia y presencia que reflejan sobre el piso la misma sombra, una extensión que nos nace y nos dice que no, en este momento, en este preciso momento no, no estamos solos (y a decir verdad es algo que siempre tenemos presente aunque lo neguemos, por eso andamos por ahí muy frescos brincando sin ninguna red de soporte, porque lo sabemos, en el corazón y en la no razón lo sabemos).

En el lenguaje del abrazo sobra todo y no se necesita más que el arrullo de la respiración del otro, encontrar su oleaje, sentir la permeabilidad del ser, sentir cómo se drena la vida y se siente el latir, volver a la infancia con ese sonido de cuna; un abrazo es el esplendor que nace de una estrella de cuatro brazos, el escudo que encuentras en el otro al igual que la protección que cubre todos los niveles, todos los sentidos, mientras el aroma del otro te embarga y el amor de la presencia se vuelve tangible.

Todos somos amantes de la soledad y sus tributos, de los días nublados y sus pesares y memorias y todo aquello sombrío que sí, sí fascina un tanto, todo eso tiene un rico sabor de individualidad y nos brinda un aire de curiosidad e interés, ¡es cierto!, pero en la desesperación esa que no se consuela con el reflejo del espejo, con la idea comprada y vendida, y simplemente ya no te arropan todos los cobertores del armario, uno sabe y uno sale, sale a buscar ayuda, a buscar al otro, a buscarse en el otro, ¡y sí!, esos huecos emocionales, físicos y galácticos solo pueden ser llenados por  otro ser humano, otro semejante, una caricia, una palabra, una sencilla presencia y ahí se resuelve el enigma de lo complicado y somos tan sencillos y no necesitamos más para  estar en paz y en gracia. 

Lo sencillo es maravilloso, cuando no nos encontramos saboteando nuestra propia alegría y sabemos ser así, así sin más.