El olvido de la razón*

Por José A. Ciccone

Hace unas semanas me tocó entrevistar a un especialista en el tema del tan nombrado y temible mal que aqueja a millones de personas mayores en el mundo -las cifras son preocupantes-, provocándome la inquietud de escribir la columna de hoy.

Desde aquel lejano 1906, en que su descubridor, el psiquiatra alemán Alois Alzheimer nos dejó ese apellido en órbita, que trascendió mundialmente por más de un siglo, hasta nuestros días en que la ciencia sigue investigando esta enfermedad buscando alivio a quienes la padecen y a su entorno familiar que sufre un cambio radical en su vida diaria.

Cabe el agregado que los médicos egipcios, en el año 2000 a. C. reconocieron este padecimiento en personas mayores que iban perdiendo la memoria, conforme envejecían, incluso hasta el siglo XV existía la creencia que la demencia era simplemente una parte del envejecimiento y no necesariamente una enfermedad como tal. Fue hasta la década de los setenta, del siglo pasado, cuando los científicos le dieron el nombre del ilustre alemán, antes se definía como un tipo de demencial senil, producto de la edad avanzada.

Me pregunto cómo será la mirada ‘hacia dentro’ de estos seres rodeado de cosas que vivieron con intensidad y hoy no pueden usarlas ni como referente, salvo en casos donde gana la memoria recolectora de la añoranza, que les permite por un momento, revivir situaciones, nombres, imágenes y actividades desplegadas en su juventud y que con tanta pasión desarrollaban. O aquellas de su niñez donde se rememoran, desde el inconsciente, imágenes ligadas a los padres, amigos queridos y parientes que formaron parte de su vida.

La única riqueza que le queda a un enfermo de Alzheimer, son sus viejos recuerdos intactos, sus pulsiones memoriosas que le permiten ingresar al regreso de su existencia, con la claridad intacta, esa que ya no se tiene para la vida real del presente, o que parece recuperarse en flashazos momentáneos que duran minutos o segundos, hasta que los sacude la triste realidad que resulta la verdad vivida entre nubes grises, olvido de situaciones recientes y encuentros esforzados, peleando como espadachines valerosos que no se dejan vencer, empujados por la naturaleza humana que lucha por la supervivencia, impulsados por el amor, los deseos incumplidos y la infinita fe.

Dichosos de los que tienen la fortuna de estar rodeado de la familia que acompaña, consuela y apoya sin condiciones, dejando toda la reserva de amor al servicio del enfermo que la necesita, que alguna vez fue cabeza de familia y que todos, sin excepción de edades y costumbres, quieren proteger, alargarle la vida, mirarlo a los ojos, trasmitirle el profundo respeto y cariño intacto que le guardamos, aunque no nos reconozca o nos confunda, porque él quizás no sepa a quien tiene enfrente, pero los que estamos del otro lado de la ventana, sabemos perfectamente quién es y porqué estamos allí dándole lo mejor de nosotros, a esa persona que puede estar desconectada del presente, pero que alguna vez significó la conexión inconmensurable que unió el hilo familiar que hoy disfrutamos, la base sólida como pilar de amor indestructible.

La pregunta que cabría aquí es entonces, ¿qué sucede con las personas que padecen la misma enfermedad pero que no tienen a nadie que los cuide, que lo colmen de amor hasta el final, o que lo asistan con el esmero que merecen? Aquellos que, en el mejor de los casos, cuentan con personal de asistencia médica que les brinda un hombro amigo, una ayuda para el tránsito de los recuerdos en esos momentos dulces o melancólicos por los que atraviesan. Creo que es una obligación moral de todos, echar una mano en estos casos tan tristes, como reales, tan repetidos como cuantificables y crecientes.

El mal de Alzheimer, aunque se presenta más en mujeres que en hombres, en edades que superan los sesenta y cinco años, hoy también se empezaron a detectar de manera importante en gente más joven, paradójicamente como empezó todo este hallazgo, en aquella entrevista donde el doctor del célebre apellido, le hacía preguntas a una mujer de apenas 51 años, llamada Auguste Deter -a quien su esposo había llevado a consulta por notar en ella un comportamiento extraño-, y recibía respuestas plagadas de incoherencias.

Aunque es una enfermedad incurable, en la actualidad, la ciencia médica sigue descubriendo productos nuevos, que pueden mejorar la vida de los pacientes.

En concreto, cuando observemos que los abuelos, o algún miembro mayor de la casa o amigos en común, andan distraídos o se les olvidan las cosas y estos hechos ocurren con mayor frecuencia, revisemos juntos los casos entre familia y supuestos afectados, con la delicadeza que ameritan estos hechos, pero con la convicción que debemos actuar con celeridad y comprensión. Todos quedarán eternamente agradecidos.

*Este título pertenece a un libro de mi admirado y querido Juan José Sebreli