El Museo del Escritor 

Por Daniel Salinas Basave 

Una sábana de negrísimas nubes cubría el Cerro de la Silla cuando mi amigo Gerardo Ortega y yo llegamos al recién inaugurado Museo del Escritor en la Casa de la Cultura de Nuevo León. 

Después del intenso calor de la mañana, una repentina lluvia cayó sobre Monterrey cuando empezaba a atardecer.  

La antigua estación del ferrocarril, ubicada sobre la Avenida Colón, en Monterrey, alberga desde hace décadas a la Casa de la Cultura en donde transcurrieron muchas de las más intensas tardes de mi temprana juventud en el taller literario de Rafael Ramírez Heredia. 

Sin embargo, yo tenía más de 23 años sin pisar el recinto desde mi última sesión con el Rayito Macoy, en marzo de 1999, días antes de marcharme para siempre a vivir a Tijuana 

Pedro de Isla, director de la Casa, fungió como nuestro guía. El Museo del Escritor reúne la colección personal de René Avilés Fabila, que después de su muerte había quedado confinada en un algún sótano. 

La bienvenida corre a cargo de la pieza más antigua y valiosa del museo: un ejemplar de las Historias extraordinarias con la firma autógrafa de Edgar Allan Poe. 

No es una dedicatoria, sino apenas una firma pequeñita colocada en la parte baja de una página de advertencia. Sin embargo, es una firma de su puño y letra. La sensación es extraña, diría alucinante u onírica. El ajetreo del apresurado viaje, las sombras de la tarde, la inminencia de la lluvia, el volver a estar en la vieja casona después de dos décadas y media y de pronto, la firma de Poe.  

El recorrido siguió por el segundo piso, en donde encuentro un manuscrito de La tumba y otro de Ciudades desiertas de José Agustín, la máquina de escribir en la que Gustavo Sainz escribió Gazapo, la gabardina de Edmundo Valadez, primeras ediciones con dedicatorias de Juan José Arreola, José Revueltas, Elena Garro. 

Hay cuadros con los retratos de Balzac, Flaubert, Víctor Hugo, Baudelaire, una mesa de madera que por años estuvo en la sala principal del Centro Mexicano de Escritores. 

Pienso que en esa sala en donde se ubica el segundo piso del museo se celebraban las sesiones del taller de Ramírez Heredia a donde acudí de 1997 al 99.

De espaldas a la ventana que da a la avenida Colón se sentaba el escritor tampiqueño, la única persona quien puedo llamar maestro en los quehaceres narrativos. 

En el piso más alto de la Casa de la Cultura se encuentra la biblioteca. Al fondo, yacen las cajas que guardan los libros que me volaron la cabeza en la infancia. 

Mi madre va a vender la casa familiar que albergaba mis libros, mismos que he cedido a la Casa de la Cultura de Nuevo León 

Enciclopedias de animales, clásicos juveniles, mil y un recuerdos desparramados entre sus páginas. 

Acaso toda biblioteca sea una divina utopía, pero esa utopía es una pista de despegue para viajar tan lejos como queramos, una galería de infinitos portales hacia otros mundos.