El Masiosare del peluquín

Por Daniel Salinas Basave

La noche del 15 de septiembre de 1847, cuando la bandera de las barras y las estrellas fue izada en el Castillo de Chapultepec, México era una república embrionaria sin un concepto sólido de unidad e identidad nacional. Mientras el ejército estadounidense dominaba el territorio, Yucatán se desangraba en su propia guerra de castas en tanto centralistas y federalistas con mentalidad pigmea  enfrentaban sus cuotas de poder en la rebelión de los Polkos.

El México que Estados Unidos invadió en 1847 era un Frankenstein federal sin conciencia de sí mismo como nación. En apenas dos décadas había sido virreinato, imperio, república federal, república centralista y había tenido más de una veintena de presidentes derrumbados compulsivamente en cuartelazos y asonadas, sin contar las idas y venidas de Santa Anna abanderando siempre una causa distinta.

El México que fue aplastado en 1847 no acababa de nacer como nación y aun así hubo expresiones de patriótica dignidad. Eso ocurrió hace 169 años.

El México que ha sido insultado y humillado por Donald Trump es harto diferente. Por más odios y rencores internos que arrastremos, en el México de 2016 existe una identidad nacional y tenemos la capacidad de ofendernos cuando alguien de afuera nos escupe. Podemos despedazarnos entre nosotros, pero si en una sola cosa estamos de acuerdo panistas y morenistas, chairos y mirreyes, norteños y chilangos, es en que Donald Trump nos da asco. No cualquiera es capaz de unir a México en estos tiempos y Trump pudo hacerlo. El único que no fue capaz de entenderlo así fue Enrique Peña Nieto y sus asesores.

El problema es que frente a la amenaza del Masiosare de peluquín los mexicanos parecemos comportarnos como reses en la fila del matadero. Dado que no seremos nosotros quienes saldremos a votar, no nos queda más que aguardar el 8 de noviembre con un rosario en la mano.

Por fortuna hay mexicanos que no parecen resignarse a la catástrofe y han emprendido un feroz activismo anti Trump. Tal es el caso de Federico Campbell Peña. El colega reportero  pone el dedo en la llaga y arroja una escalofriante comparación: México es frente a Donald Trump el equivalente a Polonia frente a Hitler. Sin duda el ascenso al poder de esa basura contaminará a todo el planeta, pero ningún país será tan perjudicado como el nuestro.

Yo había tenido la oportunidad de charlar telefónicamente con Federico mientras trabajaba en mi ensayo sobre la frontera narrativa de su padre, pero hasta la noche del lunes tuve la fortuna de conocerlo personalmente. El colega se ha tomado como una verdadera bandera de vida el radical activismo contra el candidato republicano. Campbell presentó en Tijuana su libro Stop Trump  y también proyectó por primera vez el documental Stop Trump, una visión desde México, que realizó con el cineasta tijuanense Carlos Altamirano. El martes Federico estuvo en San Diego y ayer en Los Ángeles e intuyo que no descansará hasta el 8 de noviembre. Su consigna es motivar  a que los paisanos con derecho a voto en Estados Unidos se registren y salgan a sufragar contra Trump. Es tiempo de tomarnos muy en serio la amenaza de este odioso Masiosare.

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