El magnicidio como una de las bellas artes

 

Por Daniel Salinas Basave
 
Antes de comenzar, le pido al improbable lector que por favor tome esto como una dosis de fino y negro humor británico a lo Thomas De Quincey y no como una apología criminal. 
 
Si el asesinato es, como propone De Quincey, una de las bellas artes, habrá sin duda quien sostenga, no sin fundamentos, que el magnicidio es su expresión más elevada.
Claro, los críticos del arte criminal pueden tomar en cuenta los más diversos factores a la hora de valorar una obra y ubicarla en su justa dimensión.
Artístico es el crimen pulcro, cuando el criminal consuma su obra sin dejar rastro alguno de su autoría, aunque un crítico de vocación siniestra bien puede apreciar el refinamiento de la crueldad como una virtud del artista.
 
Si bien es utópico creer que los críticos de arte puedan ponerse de acuerdo un día, podríamos coincidir en que el grado de dificultad que debe enfrentar el asesino para poder consumar su obra es un factor primordial a la hora de evaluar su virtud artística. Si para consumar el asesinato fue preciso vencer obstáculos extremos, como puede ser una custodia férrea o una imposibilidad material de acercarse a su objetivo, el asesino tiene un mérito mucho mayor y su acto bien puede ser considerado una auténtica obra de arte, algo a lo que no puede aspirar aquel que asesinó a una víctima desprevenida e indefensa.
 
En el lenguaje del futbol, un gol puede ser considerado una obra de arte si para marcarlo fue preciso eludir a seis defensas de marca pegajosa o doblar a una barrera bien formada con un trallazo ejecutado a más de 30 metros de distancia. Por supuesto, no hay arte alguno en aquel gol anotado de rebote ante un marco abierto con un arquero vencido, aunque al final en el marcador ambos goles acaben valiendo lo mismo.
 
Otro factor a tomar en cuenta por los críticos del asesinato como obra de arte, es la trascendencia e impacto histórico del crimen en cuestión. En este último punto los críticos pueden dividir opiniones, pues habrá quien considere únicamente a la obra de arte en estado puro, libre de todo criterio circunstancial de tipo político o social. Si el fin último del asesinato es apagar una vida, entonces la obra de arte debe apreciarse desnuda de todo artificio. Sin embargo, este criterio purista no tiene demasiados adeptos hoy en día. Digan lo que digan los críticos puros, lo cierto es que los efectos que el crimen pueda tener en una sociedad no pueden ser ignorados a la hora de dimensionar su valor artístico.
 
Hay millones de asesinatos destinados a convertirse en estadística y sólo unos cuantos que se vuelven inmortales. Tal vez les resulte el colmo de lo pueril volver a la metáfora futbolística, pero un gol definitorio en una final de Copa del Mundo aspirará siempre la inmortalidad artística, a diferencia de un gol de la honra en un partido amistoso sin nada en juego.
 
Tomando en cuenta los dos factores arriba mencionados, debemos concluir que el magnicidio es la más alta expresión del asesinato como una de las bellas artes. Los factores grado de dificultad y trascendencia histórica están, casi por definición, en cualquier crimen de este género. Vaya, se da por hecho que no hay magnicidio fácil, pues las probabilidades de fallar y dejarlo en la triste condición de simple atentado suelen ser elevadas. Tampoco hay magnicidio intrascendente. El magnicida está destinado a entrar en la Historia y a inmortalizarse en la biografía de su víctima a la que se une en una suerte de cruel y forzado matrimonio para la eternidad. En toda biografía de Álvaro Obregón, sea un mastodonte historiográfico de mil páginas o el reverso de una estampita escolar, aparecerá por siempre el nombre de José de León Toral. El nombre de su asesino se transforma en eslabón, tatuaje, marca en la frente. 
 
El magnicida cambia el rumbo de la Historia e inscribe su nombre en ella. El magnicidio es quizá el salto a la inmortalidad más contundente y vertiginoso. ¿Quién era un tal Mario Aburto al medio día del 23 de marzo de 1994? Era carne desechable de maquiladora, la intrascendencia absoluta. Horas después, todo el país conocía su nombre, su rostro y empezaba a formarse una idea sobre él. El segundo preciso en que el magnicida aprieta el gatillo tuerce el cauce del río de la Historia. El segundo preciso es ya irreversible. Después ya nada será igual. Si aquella tarde en Lomas Taurinas Aburto hubiera tenido un instante de duda y vacilación que lo llevara a guardar su pistola y perderse entre la multitud sin acercarse al candidato, la Historia de México no sería la misma. Aburto seguiría siendo piel de anonimato, polvo en las estadísticas del censo, mientras que Colosio hubiera postergado su ascenso al altar del martirio. 
 
Claro, la tentación de empezar a escribir el infinito libro de la historia de lo que pudo haber sido surge irremediablemente cuando imaginamos al magnicida teniendo su instante de duda, pero entre mil y un historias posibles, se escribe solo una: La que se define en el microsegundo en que la bala impacta el cráneo.