El mágico viaje que nunca termina

Por Daniel Salinas Basave

He escuchado que inmersos en lo más crudo de la pandemia que ha desolado a su país, miles de italianos se unen virtualmente por las noches para una lectura colectiva de la Divina Comedia de Dante. De una u otra forma, los tercetos escritos hace más de siete siglos dan sentido a una época que el poeta florentino jamás imaginó. La irrupción de la enfermedad y la radical transformación de nuestra vida diaria, ha acarreado miles de nuevos lectores al Decamerón de Giovanni Bocaccio, una obra escrita durante los años de la Peste Negra. En 1348, un grupo de diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres de la Toscana, huyen al campo para escapar del contagio de la peste bubónica. Su antídoto contra la angustia y la muerte que les rodea, consiste en narrarse historias jocosas e irreverentes. La ficción se transforma en la nave espacial que nos permite escapar del mundo y sin saberlo, Bocaccio estaba sentado las bases del cuento como género. Hoy que celebramos el Día Mundial del Libro y la Lectura, me sorprendo al comprobar, una vez más cómo los lectores somos capaces de consumar un acto de magia cada que abrimos un libro que vuelve a vivir a través de nuestra mirada. El libro no solo vive en cada lector, sino que se reescribe y se reinventa en su universo interior.

En cualquier caso, los lectores somos una estirpe de tercos y aferrados. ¿Qué puede ser tan fuerte para llevar a un hombre a arriesgar su libertad o incluso su vida al leer un libro prohibido por la Inquisición? ¿Por qué en 2020 una persona opta por leer un libro cuando a su alcance hay mil y un alternativas de entretenimiento y evasión? ¿Por qué un bibliófilo sigue comprando libros cuando su biblioteca está sobresaturada y sabe que no le alcanzarán dos vidas para leer todo su acervo y que además podría guardar su tesoro en un iPad? Porque la pasión por la lectura derrumba cualquier barrera.

¿Cómo leeremos dentro de medio siglo? ¿Tendrán nuestros nietos o bisnietos la capacidad de reconstruir el mundo en una arquitectura prosística o nuestra red neuronal irá perdiendo la capacidad de traducir el mundo en palabras?

Más allá de los mil y un adelantos científicos y tecnológicos que irrumpen en nuestra vida diaria y transforman cada cierto tiempo nuestro mundo, sigo creyendo que en el momento en que el hombre fue capaz de nombrar, traducir y reinventar su mundo en palabras representadas por símbolos, cruzamos el definitivo umbral entre la salvaje historia ágrafa y la historia de la cultura.

Acaso leer libros en la era de las redes sociales y Netflix pueda ser interpretado un acto de heroísmo o aferrada resistencia, pero la experiencia me dice que cada lector es un enigma y que este aferre por tomar las veredas de furtivas palabras renace en los entornos y en las formas más adversas e improbables, como esas matitas verdes que de la nada y contra todo, surgen de pronto en medio del cemento.