El licor de la utopía

Por Daniel Salinas Basave

danibasave@hotmail.com

Los indignados beben el licor de la  utopía y le escupen al sistema mientras  esperan algo de la vida bajo sus carpas,  aunque no sepan exactamente qué esperar. O acaso, como en la canción de los Sex  Pistols, no saben lo que quieren, pero saben  cómo conseguirlo. ¿Sabrán? No creo. Es muy  lógico indignarse en estos tiempos. Yo me siento  indignado y posiblemente usted también, pero  ni usted ni yo protestamos, o al menos no de esa  manera. Seguimos adelante con nuestras vidas,  llevando acuestas la carga del sistema como una  cruz estorbosa, como un irrenunciable lastre  hereditario y de reojo volteamos a ver a esos  jóvenes que duermen la mona en los camellones  mientras cantan canciones y pintan pancartas.  Definitivo: Es más fácil jugar a ser un indignado  cuando se es adolescente. Cierto, no la tienen  nada fácil: Su futuro parece de antemano cancelado o hipotecado y la palabra “nini” flota como  única alternativa en el horizonte. Sí, el escenario  luce patas arriba para los muchachos, pero tampoco tienen nada que perder. Quiero creer que  la gran mayoría pueden darse el lujo (que ni usted ni yo podemos) de acampar durante semanas  para gritarle a los cuatro vientos lo injusto que es  el mundo y no dejarán a una familia sin comer,  (o al menos eso espero, pues lo contrario sería  el colmo de la irresponsabilidad). La versión tijuanense de los indignados ha sido en verdad  cómica. Como no saben exactamente por qué  protestar y no tienen muy claro qué es lo que les  indigna, han decidido meter de todo un poco en  el menú. Total, protestar no empobrece. Así las  cosas, los indignados de Tijuana protestaron lo  mismo contra la decisión de la Suprema Corte  que protege la vida desde la concepción,  que  contra el aumento a las tarifas del transporte. Por  supuesto y como era de esperarse, protestaron  contra los militares (pues es tan “romántico”,   tan “cool” y tan “poético” estar contra los soldados y contra Calderón) y ya entrados en gastos y  animados por tantas y tan variadas protestas en  donde hay de dulce, chile y manteca, expresaron su rechazo al Zócalo 11 de Julio (¿sabrán de  los  intereses de Xicoténcatl y su pandilla de corruptos merolicos anti-Zócalo?) Esa maestra de la  vida llamada Historia, nos dice que la inmensa  mayoría de los movimientos con carga emocional e idílica como los indignados  tienden a fracasar. La “Comuna de París” de 1870, los distintos  68, la alharaca globalifóbica surgida a partir de  Seattle son ejemplos de ello. Su principal error  es carecer de objetivos claros y metas concretas.  Los jóvenes saben que están inconformes, que  algo marcha muy mal en el mundo, que hay un  sistema a todas luces injusto, pero no dirigen su  energía rebelde hacia un blanco concreto. Se  limitan a hacerle saber a la sociedad lo enojados  que están y lo incomprendidos que se sienten.  Los indignados tijuanenses resultan insoportablemente ilusos y es obvio que no van a llegar  a nada. Quienes impulsan este tipo de protestasidilio, suelen ser por definición jóvenes de clase  media que son felices escuchando Manu Chao  y Rage Against the Machine y lo mismo protestan contra las corridas de toros, que contra una  cumbre de la OMC. Paradójicamente, los sectores más desfavorecidos de la pirámide social, los  que viven donde no hay pavimento, ni servicios  ni ley, jamás los veremos protestar contra el  sistema financiero mundial, el capitalismo o la  globalización. Su situación es aún más patética,  pues si bien pueden pasar meses acampando  afuera del Centro de Gobierno, jamás protestan  de manera espontánea o consciente, pues son  acarreados por lidersuchos corruptos que les  pasan lista y les cobran cuotas y además sus poco  genuinas manifestaciones sólo buscan resolver  necesidades inmediatas, sin cuestionar jamás la  esencia de un sistema. Aunque sea de antemano  una causa perdida, me parece más digno que un  joven haga algo por expresar públicamente su indignación contra el sistema, a verlos humillarse  haciendo fila afuera de un antro ante un cadenero prepotente,  o esperar horas por el autógrafo  de un artista basura o soñar con convertirse en  héroes de narcocorrido mientras beben un clamato. Yo también me siento indignado, pero a mí  no me indigna el Zócalo11 de Julio o los retenes  militares. A mí me indigna sobre todo el sistema  fiscal, los monopolios insultantes, la obesa clase  política, los sindicatos charriles. Me indigna vivir  en un país donde un mal actor como Enrique  Peña Nieto va a ser presidente sólo porque Televisa así lo ha decidido y me indigna vivir en un  país donde una basura humana como Jorge Kahwagi es diputado y se gasta nuestro dinero en  nombre de un negocio que jura ser un partido  político.  Y aunque se da por hecho que los adultos ya no protestamos porque estamos absorbidos e hipnotizados por el sistema, la verdad es  que yo mantengo mis pequeñas grandes rebeliones cotidianas para mostrar mi indignación y  no colaborar con un sistema que, al igual que los  indignados, considero viciado e injusto. Tal vez  en la próxima columna compartiré  mi recetario  personal de indignación.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura cateegoría Ensayo.

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