El Leviatán del Auditorio

Por Juan José Alonso LLera

“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás”

El ser profesor, es de las mejores cosas que me han pasado en la vida; me ha dado la oportunidad de escuchar distintas corrientes de pensamiento, diferentes modos de actuar, múltiples ideas de cómo se forma, se conforma y se deforma la vida y la empresa, he hecho muchos amigos, amigas y uno que otro enemigo. También me ayuda a tener un escape que haga catarsis en el estrés diario que me generan otras tediosas actividades.

Me ha permitido crecer como persona, ya que estoy obligado a mantenerme actualizado, estudiando constantemente. Me invita a ser inmensamente feliz, disfrutando la pasión que siento por la educación, o sea que casi todo lo importante de mi vida ha girado en relación a mi parte de docente.

Después de 35 años de profesor y unos 12 de escritos hay días que sencillamente, me pongo delante de la Mac y los dedos se mueven solos… cuando empecé este ejercicio de escribir semanalmente, nunca pensé que llegaría este momento mágico.

Tratando de regresar a la Tierra y retomando el tema del Aula, me gustaría compartirles, describiendo esa sensación del momento de la verdad, en el que decides pararte enfrente de un grupo o en zoom a discutir un caso práctico que tiene múltiples salidas, reacciones, pensares, emociones (parezco Adela Micha, ¡con lo mal que me cae!) y por supuesto opiniones; sientes como tu alma y tu mente dejan el cuerpo, se te olvidan todos los problemas del día y sale “el Leviatán del auditorio”, que es ese animal que no puedes contener, se arroja con todo a la sesión buscando hacer la mejor faena de su vida, teniendo en cuenta que esas horas serán únicas e irrepetibles y que el pasado queda en el pasado y que solo importa lo que ese grupo diga y aprenda de ese ejercicio momentáneo; para que en los siguientes días lo medite, lo lleve a su chamba del día a día, y ¿saben qué?, ¡jamás!, ni el maestro ni el alumno serán los mismos.

Debo reconocer que soy el producto de muy buenos y malos profesores, de todo el material que consumo, de la vocación maravillosa que Dios me dió, pero también soy el resultado de mi mejor maestra: Mi hija Sofía que tiene mayor madurez, simpatía, sensatez y aplomo que su padre, ella es la persona que más me ha enseñado sobre los que sí y los que no en la vida… aprovecho estas líneas para reconocerle la labor que ha hecho con el papá. Sofía gracias por atreverte a ser mi hija.

Esta pandemia ha transformado la educación y por tanto a los profesores, hoy más que nunca debes de tener una mochila llena de habilidades: Tecnológicas, didácticas, formativas y por supuesto un conocimiento actualizado diariamente. Agradezco esta increíble vocación que me permite hacer lo que en verdad quiero en este mundo. Y parece ser que los resultados no han sido tan malos para mi y para mi mundo.