El legado de mi abuela

Por Manuel Rodríguez Monárrez

Nadie puede modificar su patrimonio genético, y si lo hiciera de formar artificial perdería su identidad. Lola, fue una mujer que la vi florecer como el eje articulador de la unión en mi familia materna, por el lado de los Monárrez, lo más importante es que para mis primos y para mí, el solo pensar en ella nos sigue recordando este gran esfuerzo que hizo por acercar y mantener vigentes nuestros lazos familiares. Pasaba largos periodos del año en casa de cada uno de sus hijos. Mi abuela era experta en dos cosas: contar buenas historias y en opinar de política. Sus pronósticos raramente fallaban, ya sea para bien o para mal y sus comentarios iban cargados de una infalible dosis de conciencia popular, conciencia que fue acrecentando al abrir su casa para que sirviera como punto de reunión vecinal y sitio estratégico de múltiples campañas políticas en Chihuahua.

Ya que la experiencia que le dio el haber vivido con un hijo y un sobrino que nacieron como políticos de barrios y transitaron hasta llegar a ser congresistas y funcionarios federales en distintos cargos y épocas, eso le permitió a Lola poder contrastar entre lo que sus vecinos le decían y lo que andaban haciendo los gobernantes de entonces, por eso pudo ser siempre ese equilibrio realista que por lo general nos falta a los nietos idealistas, como a mí, todavía aprendices de este difícil arte llamado: política. Era intuitiva como nunca he visto a otra mujer. Fue madre de cinco, la cuarta de ellas es mi madre, al igual que ella comparto el ser el cuarto nieto de su descendencia.

Mis padres llegaron a Tijuana en 1984, después de que fallecieron mis abuelos, mi familia fue la primera en migrar de frontera a frontera, procedentes del heroico paso del Norte, cuna de nuestra Revolución Mexicana, mi querida Ciudad Juárez, Chihuahua. Sus visitas a Tijuana cobraron una dimensión, ya que a través de ella podíamos saber del desenvolvimiento y sucesos que envolvían a las familias de mis parientes. Su mensaje de continuidad y lucha social caía como un legado natural desde que tengo memoria. Uno nunca alcanza a dimensionar como impactan las palabras de un abuelo en la niñez, hasta que lo haces consciente y lo empiezas a ver hecho realidad en la vida. Recordar su humildad y empuje me sigue aún hoy emocionando, los polémicos debates con mi papá, eran verdaderas joyas de cómo disentir sin enojarse, de cómo discrepar y mantener la unidad. Ese fue mi primer acercamiento a la pluralidad y a la apertura democrática. Después de discutir de política mi papá y mi abuela, siempre me quedaba un gran sabor de boca, de saber la cultura política que rodeaba en mi familia.

Algunos de sus recuerdos van  desde su viaje a Jerusalén, el peregrinar más largo de su vida que junto con Juanita y Quica, mi abuela y bisabuela paterna hizo, hasta la historia de su gran amor con el cantante Miguel Aceves Mejía, el rey del falsete. Ya ha pasado año y medio desde que Lola partió y aún me sigo preguntando: ¿Cómo puede un hombre conocer y aceptar su misión en la vida?, mi abuela nunca me hizo preguntas tan directas, su forma de hablarme era distinta dando por hecho que ya tenía esas respuestas. ¿Cómo podía una mujer de 90 y tantos años transmitirme tanta energía?, daría lo que fuera por verla a los ojos. Por lo general mi madre la traía a Tijuana por estas fechas decembrinas, no sé por qué me quedo todavía esperanzado de que ésta Navidad llegue.