El jardín de la memoria

Por Daniel Salinas Basave

Con sorpresa descubro la nitidez de algunos recuerdos aferrados a tatuarse en alguna región blindada de mi cabeza. Tardes y noches de los años 80 que revivo como si hubieran acaecido la semana pasada, canciones que no he escuchado en 15 años y sin embargo canto de memoria, pasajes de libros que leí en la secundaria, juegos de futbol insustanciales cuyas incidencias se repiten una y otra vez.

 

¿Por qué recuerdo ciertos momentos, ciertas caras, ciertas palabras absolutamente insustanciales e intrascendentes para mi vida? ¿Por qué la historia más reciente se ha transformado en olvido? Me aterra no tener control sobre mis recuerdos, caer en cuenta de los miles y miles de días que se han transformado en polvo. En viejos periódicos encuentro reportajes escritos por mí que se han borrado por completo de mi cabeza, como si algún día no hubieran consumido mis energías y pensamientos.

Leo lo escrito en viejos cuadernos y en el blog como si lo hubiera escrito otro. La historia de los mil días cualquiera, de los atardeceres desparramados en el vacío. La historia de la vida que se va.

Inevitablemente busco un rostro para los personajes literarios. Es, por supuesto, un acto inconsciente. De pronto, sin darme cuenta, cada personaje tiene una cara definida. Algunas, o acaso muchas veces, tomo prestados rostros de mi vida cotidiana para colocarlos en los libros, si bien he de confesar que en ocasiones los rostros son mutantes.

A un mismo personaje suelo ponerle distintas caras según el humor del que ande. Tal vez por ello no soy cinéfilo. Las películas son tiránicas, pues te imponen el cuerpo de una actriz o actor que tú no elegiste. En los libros, en cambio, yo soy el que decide.

Ni siquiera aquellas novelas llevadas  a la pantalla son capaces de someterme a su tiranía. Mi Teresa de la Insoportable Levedad del Ser, por ejemplo, nunca será Juliette Binoche, sino la Teresa que yo imaginé desde la primera vez que leí el libro hace 22 años. Ana Karenina jamás será Sophie Marceu, sino la Ana que yo imaginé cuando leía a Tolstoi a bordo de un tren que me paseaba por la sierra de Chihuahua.

Alejandra de Sobre Héroes y Tumbas, el único personaje literario femenino que ha sido capaz de enamorarme hasta la locura (lo siento Maga), tiene el rostro que mi mente le dibujó hace mucho y deseo jamás ver una imagen sacrílega en cine. Alguna vez leí que Ernesto Sábato, estando hospitalizado en Colombia, vio entrar en su cuarto a una mujer que era exactamente la Alejandra que él imaginó muchos años antes sentada en el Parque Lezama. Rüya, del Libro Negro de Orhan Pamuk es un personaje fuertísimo.

Ese tipo de enigmas irremediablemente me seducen. Sus jardines son impenetrables. Son los jardines de la memoria, esas zonas abismales de la imaginación que simplemente son inexplicables e incompartibles, hoyos negros en medio del espacio que de repente surgen en las noches de insomnio.