El invierno

Por Dianeth Pérez Arreola

Holanda tenía tres días con temperaturas gélidas en la noche, así que por la mañana antes de llevar a mis hijas a la escuela, tenía que raspar el hielo de las ventanas del carro, que amanecía como recién sacado del congelador. Durante esos tres días en una región llamada Haaksbergen el hielo superó los cuatro centímetros de grosor, lo necesario para poder realizar el primer maratón en el hielo de la temporada, que consiste en patinar 200 kilómetros.

Los holandeses enloquecen por el patinaje, es un deporte para el que son muy buenos pero además les encanta patinar en hielo natural. Con la cantidad de canales que hay en el país, en pocos días de temperaturas bajo cero por las noches, se congelan. Dicen los patinadores que el sonido del hielo al avanzar sobre él y la belleza helada de la naturaleza que los rodea, no tiene comparación.

Yo no he patinado en los canales, pero si he estado parada en varios canales congelados. En donde ya han patinado mucho se ve blanco, pero el hielo por donde no ha pasado nadie, es de color negro. Es una sensación muy rara ver esa oscuridad bajo los pies. Una seguridad frágil, o una fragilidad segura, depende del nivel de valentía del que se anime a vivir la experiencia.

Hoy que pronosticaron la primera nevada del año, me sorprendió ver las ventanas del carro sin hielo, pero empezó a nevar por la mañana y siguió hasta después del mediodía, dejando las calles cubiertas con una capa de nieve de varios centímetros. En las calles de asfalto se maneja mejor, el tráfico y la sal acaban con la nieve, pero las calles de las zonas residenciales son casi siempre de ladrillos, y ahí la nieve se aferra y el tráfico lo que hace es ir haciendo cada vez una capa más compacta y resbaladiza, que hace que las llantas no tengan agarre y por tanto que los frenos no funcionen de manera óptima.

El grupo de la escuela de mi hija menor fue hoy de visita al museo, y aunque pensaban regresar a la escuela caminando, por los pronósticos de nevada la maestra decidió armar de última hora un grupo de padres voluntarios que también los regresara a la escuela. Yo fui por mi hija y tres niñas. Una de esas inocentes criaturas de siete años me preguntó en el camino a la escuela que si traía llantas de invierno. Yo primero pensé en los kilos extras que me había traído de regreso de México por tanta comida navideña, pero claro, no era eso. Le dije que no, con el riesgo de que contestara que yo no cumplía con los estándares de seguridad invernal para transporte infantil y me pidiera bajar.

¿Es difícil? Me preguntó la niña. “No, apenas es la primera nevada y no ha caído tanta nieve todavía”, le dije pretendiendo irradiar seguridad mientras daba vuelta a cinco kilómetros por hora en una de las callecitas de ladrillos cercanas a la escuela. Aquí, el invierno apenas comienza.

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