El gallero

Por Daniel Salinas Basave

Mi primera lectura del 2018, consumada en una sola sentada durante la tarde del 6 de enero, es El gallo de oro de Juan Rulfo. Titulada originalmente El gallero, esta novela corta fue escrita en 1958, pero debieron pasar 22 años para que fuera publicada.

Concebida a priori para el cine, la historia fue conocida primero como película mucho antes de llegar a las librerías. Roberto Gavaldón la llevó a la pantalla en 1964 con Ignacio López Tarso como actor principal. Una segunda versión del mismo relato titulada El imperio de la fortuna, llegó a las salas en 1986 dirigida por Arturo Ripstein, con Ernesto Gómez Cruz en el papel protagónico.

Durante mi infancia escuché muchas veces el disco de vinilo en donde con su inconfundible estilo, López Tarso declamaba las correrías de Dionisio Pinzón y su gallo por los palenques de Jalisco y Zacatecas. Aunque sin llegar a ser un gran clásico cinematográfico, El gallo de oro fue ampliamente conocido por el gran público. Se sabía que Juan Rulfo había escrito la historia, pero extrañamente el libro se mantenía a la sombra y nadie le daba su lugar como obra literaria.

Totalmente eclipsado por dos obras descomunales como son El llano en llamas y Pedro PáramoEl gallo de oro debió navegar como una suerte de apéndice dentro del legado rulfiano, un proyecto alterno que cuando finalmente llegó a la imprenta bajo el nombre de El gallo de oro y otros textos para cine  (que incluía los relatos El despojo y La fórmula secreta) fue estigmatizado como un texto fílmico y por ende un trabajo menor bajo parámetros literarios.

Aunque es ocioso e injusto comparar esta novela con Pedro Páramo, lo cierto es que El gallo de oro brilla con luz propia y vale la pena ser leído. Rulfo narra la historia de un humilde pregonero de pueblo llamado Dionisio Pinzón. Famélico, tullido y mordido por la miseria, Pinzón debe enterrar a su madre en tierra baldía dentro de un ataúd elaborado con madera podrida.

Un día, fisgoneando en un palenque, recoge del redondel a un gallo moribundo que acaba de perder una pelea de manera absurda. Es un hermoso gallo dorado proveniente de Chihuahua que tiene las alas rotas y ninguna esperanza de vida. Dionisio lo lleva a su humilde jacal, como puede intenta curarlo y contra todos los pronósticos, el gallo se restablece y empieza a ganar peleas.

El desarrapado Pinzón se convierte en gallero y comienza a recorrer palenques. Ahí conoce a Bernarda Coutiño, La Caponera, una cantante de rancheras  que ameniza las fiestas puebleras y que tiene el extraño don de contagiar la suerte a aquel que se encuentra a su lado. Pinzón y La Caponera viven enganchados al vértigo y la fascinación del azar. Su vida es un tren sin frenos siempre a punto de descarrilar y su hogar son los mil y un palenques que recorren.

Pinzón, como El jugador  de Dostoievski, no concibe su existencia sin apostar, mientras Bernarda sólo encuentra algo parecido a la felicidad cuando está cantando y bebiendo. Los gallos saltan al redondel, los naipes caen sobre la mesa y la vida yace cada día al borde de un desbarrancadero.