El elefante, el camello y yo

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Tengo semanas siguiendo el éxodo de una manada de elefantes en China que inexplicablemente llevan ya recorridos 500 kilómetros fuera de su hábitat. Lo que pasa con este grupo de paquidermos me ha hecho escribir ahora este texto a manera de reflexión a partir de una hermosa imagen que vi en Twitter sobre una toma aérea que captó a esta manda migrante dormida.

La postal era hermosa, pues todos los elefantes adultos estaban acostados y acomodados alrededor de los elefantes bebés para protegerlos. El acomodo visto desde el aire parecía una obra de arte, pues todos parecían colocados estratégicamente como si de embonar un rompecabezas se tratara, luciendo como una gran familia que se ama y se protege. Le confesé a Valente que me enterneció tanto que sentí compasión de sólo pensar que estaban migrando porque buscaban sobrevivir.

No sé si debido a mi inmersión en los temas de sustentabilidad por mi trabajo, mi pensamiento se está entrenado en pensar de manera integral en el clima, en la biodiversidad y en todo lo que está en juego si no ponemos un alto al estilo de vida que está desequilibrando la naturaleza. Pero lo cierto es que me he vuelto más sensible a notas como esa y pienso en esos elefantes con preocupación, porque algo grave debe estar pasando con ellos para que se muevan así.

Debo confesar con vergüenza que cuando estuvimos en Camboya tuvimos la posibilidad de recorrer las ruinas de Angkor Wat montando elefantes y lo hicimos. Si ya subirte a un camello sientes vértigo, arriba de un elefante vives una mezcla de temor con poder; pues estás sobre un animal de cuatro metros de altura y seis toneladas de peso. Es una experiencia que no olvidas y la realidad es que no caes en cuenta de lo que sucede hasta que alguien te invita a reflexionar que eres cómplice del maltrato animal.

Muchos animales son utilizados para entretener al turismo, como los camellos y los elefantes, éstos últimos incluso han tenido que ser rescatados de lo que se considera la esclavitud y llevándolos a santuarios que concientizan a los viajeros sobre el maltrato animal. Si bien en Tailandia en vida salvaje pueden tener protección, una vez sacados de su hábitat y domesticados se les considera como ganado.

Vender elefantes para el entretenimiento de turistas hace ganar a los entrenadores de los paquidermos alrededor de 80,000 dólares que los compradores necesitan rentabilizar exprimiendo al animal lo más que se pueda. Es triste saber que para llegar domados a su comprador, son separados de las madres aun cuando todavía las necesitan, son golpeados y privados de comida para que obedezcan órdenes y estén disponibles para servir a los turistas con largas jornadas de trabajo.

Esto no es diferente con los camellos y dromedarios que vemos en el norte de África como parte del contexto del desierto y todo el performance que te preparan para vivir la experiencia de montarlos.

El camello es un animal hermoso y es impresionante saber de su resistencia para recorrer grandes distancias y su apoyo para la carga. Así que montarlo no es algo que al camello le cause sufrimiento, lo que entra en discusión es la explotación a la que son sometidos para complacer las demandas del turismo. Ese turismo que en cualquier parte del mundo encuentra en los animales un atractivo para los visitantes que no nos resistimos a vivir la experiencia. Por lo que en la medida que tomamos conciencia debemos esforzarnos para no ser parte del problema.