El elefante dentro de Tijuana

Por Héctor Fernando Guerrero Rodríguez

El modismo inglés “el elefante dentro de la habitación” es una metáfora que hace alusión a una verdad incómoda pero existente y que se prefiere negar, ignorar o incluso justificar de manera absurda el aborrecimiento a la misma. Así como sería casi imposible no descubrir la presencia de un animal de tales proporciones dentro de una habitación, así también hay verdades en una sociedad que son casi imposibles de no detectar. En el caso específico de nuestra ciudad de Tijuana una verdad incómoda que, aunque tratemos de negar, ignorar o justificarla de manera absurda esta existe, y es el sentimiento xenofóbico que prevalece en número alarmante de habitantes en esta ciudad desde hace ya décadas.

Un ejemplo de lo anterior es lo sucedido en los años posteriores a septiembre de 1985 como consecuencia del terremoto de Ciudad de México, en el que una gran oleada de personas originarias de la capital de este país que se habían quedado con nada o muy poco llegaron a Tijuana en busca de oportunidades para progresar. En ese momento surgió una de las primeras grandes muestras xenofóbicas en esta ciudad de las que yo tengo memoria. Expresiones como “haz patria y mata un chilango” o “chilango go home” reflejaban el sentimiento discriminatorio de quienes muy probablemente al igual que el capitalino, también eran migrantes o hijos de migrantes.

En la década de los noventas inició una fuerte migración por parte de personas procedentes del estado de Sinaloa hacia esta frontera. Algunos venían huyendo de las condiciones de inseguridad de las que eran víctimas, pero la gran mayoría llegaron con la intención de establecerse en esta región y trabajar honestamente. La minoría de ellos había venido a dedicarse a actividades ilícitas, pero esto fue suficiente para etiquetar de manera generalizada al sinaloense de lo mismo de lo que probablemente venía huyendo. Basta con revisar las opiniones de los lectores de alguna noticia en la sección policiaca en algún medio electrónico para ver el rechazo de algunos tijuanenses hacia el sinaloense y como este último es etiquetado como el único causante de toda la inseguridad de la que todos somos víctimas, incluyendo a los mismos sinaloenses.

Hace un par de años llegó un grupo de haitianos a solicitar asilo a EEUU, pero desafortunadamente para muchos de ellos no les fue aprobado quedándose varados en esta ciudad. La preocupación de varios tijuanenses se expresaba con comentarios de “es que no sabemos de qué vienen enfermos” o “qué vamos a hacer con ellos”. Hoy al ver que son un grupo de gente trabajadora y respetuosa, se les pone como ejemplo contra lo sucedido en las últimas semanas con los migrantes hondureños. Pero es innegable que el rechazo xenofóbico estuvo presente al principio de este hecho.

La actitud intolerante del tijuanense no es algo nuevo, quizás nos jactábamos de lo contrario, pero la discriminación y xenofobia siempre ha estado presente, es ese “elefante” que vive entre nosotros pero del que nadie quería hablar y que hoy gracias a los migrantes hondureños nos hemos visto como sociedad obligados a quitarnos la máscara y reconocer sin opción alguna. Desde tristes comentarios y “memes” en redes sociales, hasta la penosa postura tomada por nuestro ya internacionalmente conocido alcalde reflejan la paradoja de rechazar lo que somos en esencia: una tierra de migrantes que le ha dado cobijo a nuestros abuelos, padres o a nosotros mismos cuando en nuestro lugar de origen las oportunidades parecían estar reservadas para otros con mayores privilegios.