El efecto Trump y el Brexit: ¿volver al nacionalismo exacerbado?

Por Noé López Zúñiga

Dos importantes acontecimientos en este año han puesto en el debate internacional el nacionalismo exacerbado y los efectos de la globalización. Me refiero a los discursos nacionalistas y xenofóbicos que se registraron primero en Gran Bretaña con el voto por el sí, para que dicho país se separa de la Unión Europea (Brexit), y que principalmente se movió por razones nacionalistas y antiinmigrantes, pues se busca restringir el flujo de inmigrantes que llegan a esa isla en búsqueda de mejores oportunidades de vida y por tanto, recuperar el  control de sus fronteras, pues recordemos que estando dentro de la UE se debe ponderar “la libertad de movimiento”, y los ciudadanos no se necesitan visa para entrar y vivir en cualquier país miembro de la UE.

Por otro lado, el inusitado triunfo del magnate Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, y quien como todos sabemos, mantuvo una campaña eminentemente nacionalista resaltando el orgullo americano, y que continuamente auspició actos de racismo contra las minorías, esto muy a pesar de que tradicionalmente las campañas políticas en Estados Unidos se desatan a través de la discusión de temas relacionados con la igualdad y la defensa de los derechos humanos.

En efecto, tanto en las elecciones presidenciales y sus resultados en Estados Unidos, como en el referéndum en la Gran Bretaña, ambos actos institucionales y democráticos, lo que más valió para ganar, fue el señalamiento ultranza de la diferencia generada entre el nacional o ciudadano y el extranjero o migrante, generándose así, en estos dos países, malversación desde el marketing político, lo que al mismo tiempo, posibilitó las manifestaciones de racismo y xenofobia más preocupantes en los últimos tiempos, pues abrió la posibilidad de que se acentué la exclusión, generándose además un distanciamiento entre la democracia e igualdad, para pasar a la desigualdad en los derechos y al racismo.

Así, el futuro de la calidad de la democracia occidental y la búsqueda de la consolidación de las relaciones internacionales, nos implica debatir hoy más que nunca, la efectividad de los  derechos humanos en tiempo de crisis, guerras y desajuste social, pues representa el mayor desafío que actualmente enfrentamos como sociedad global. A su vez nos implica realizar una franca evaluación de los métodos y procesos institucionales, pero también de la idiosincrasia de los pueblos occidentales, su cultura y su visión de futuro, pues al parecer en estos dos países anglosajones, los efectos de la globalización no los tienen muy contentos, sino todo lo contrario.

Esta nueva realidad, pone en el escenario principal la actuación política en un momento en el que al parecer las circunstancias sobre las que se centra el Estado moderno se han ido transformando de modo imprevisible y es ahora la política la que se encuentra ya en una situación en la que debe ocuparse continuamente de realidades autoproducidas, entre ellas, los inevitables efectos de la globalización, y sus consecuencias tanto positivas como negativas.

Para muchos de los ciudadanos anglosajones, el modelo neoliberal y la globalización han traído un efecto negativo: la migración irregular, por lo que han decidido cerrarse y volver a un nacionalismo exacerbado. Así, debemos entender que hoy más que nunca, vivimos transformaciones que han dado lugar a desencuentros y a nuevas formas de enfrentar la propia vida en todos sus planos, lo que nos impone discutir por ejemplo, si la propia globalización ha generado una nueva identidad sobre la lealtad de los ciudadanos hacia sus naciones o países.

Suponemos que con la asunción de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, se volverá a las practicas del orgullo nacional clásico estadounidense, pero a la vez se pondrá en riesgo esa vocación y visión global-hegemónica que se le había inculcado al ciudadano norteamericano y que ha mantenido desde hace muchos años, pues recordemos que este país al establecer su dominio hegemónico en el llamado Nuevo Orden Mundial, después de la postguerra fría, comenzó a sentar las bases para que su reconocimiento y poderío fuera a nivel global, ya que una vez ganada la guerra a Irak a principios del año 1991 (Guerra del Golfo), el Presidente George Bush se plantó frente al Congreso de la Unión e informó, entre otras cosas que: “Estados Unidos tenía la responsabilidad única de hacer el trabajo arduo de la libertad, pues entre todas las naciones del mundo, solo Estados Unidos tenía a la vez, la posición moral y los medios para respaldarla” (The New York Times, abril,1991).

Ese fue el alcance de liderazgo que hizo que Estados Unidos se considerará el faro de la libertad y la democracia que buscaba el mundo. Así, el mundo prestó toda la atención al estilo de vida estadounidense, pues con este discurso, Estados Unidos promovió su versión de la democracia a nivel mundial, aduciendo que, “la democracia” es la fórmula para aliviar la presión de los grupos subordinados por un cambio político, económico y social más fundamental y el impulso para promover la democracia es el reordenamiento de los sistemas políticos en otros lugares del mundo.

Desde este contexto, Estados Unidos se colocó como el líder mundial y la esperanza de muchos que anhelan la libertad y gozar de una democracia más real, buscaron en dicho país la concreción de ese sueño prometido. Sin embargo, ese sueño se ve frustrado ante la crisis y errores del modelo neoliberal, así como por las políticas antiinmigrantes y el discurso político del actual Presidente electo que sin duda, evidenció durante su campaña electoral xenofobia y racismo, escudándose en los principios nacionalistas que pensábamos habían quedado socavados y que se habían adaptado a los cambios y transformaciones de la propia globalización; empero de acuerdo a los resultados de las elecciones y del referéndum, respectivamente, a los norteamericanos como a los ingleses, ambos de cultura anglosajona, les interesa cerrarse y volver a su nacionalismo exacerbado.

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