El don de la bilocación

Por Dianeth Pérez Arreola

La bilocación es la facultad de estar en dos lugares al mismo tiempo, un acto de magia que muchos mexicanos en el exterior quisiéramos poder efectuar.

Cuando uno de nuestros padres está enfermo, cuando un familiar fallece, cuando una amiga cumple años, cuando hay una fiesta familiar, cuando alguien a quien queremos tiene problemas. Esos días nuestro cuerpo está aquí donde vivimos, pero nuestro corazón está en México.

A veces me pregunto si no he malgastado los años que tengo en Holanda viviendo con nostalgia; si no he sido yo misma la que me he condenado a mirar la fiesta desde un rincón en vez de participar en ella; si yo soy la única que no emigró con un interruptor que me haga cambiar de holandesa a  mexicana, según las circunstancias y no estar todo el tiempo atorada entre las dos.

Estoy aquí y quiero estar allá, y cuando estoy allá estoy muy a gusto en calidad de turista, pero a la hora de pensar en regresar definitivamente, hay una larga lista de cosas en qué pensar.

Por ejemplo en que mis hijas no podrán salir jamás a jugar en la calle como lo hacen aquí, en que nunca me sentiré segura en mi propia casa, en que la calidad de la educación no será la misma, en que  quiero cambiar de un país estable a uno que está al borde del precipicio, que paga sueldos de miseria, que desaparece estudiantes, que no defiende a sus mujeres, donde el narco se metió hasta la cocina y controla todo y a todos.

Si nunca me hubiera ido eso me parecería normal, porque la cotidianeidad tiende a ponerle un disfraz de soportable a las tragedias, pero ya se lo que es vivir en un país civilizado, tranquilo, próspero y no puedo evitar las comparaciones.

Tampoco es que me arrepienta de mis decisiones. Me siento feliz y satisfecha de ser quien soy, y siempre fui aventurera. Primero me fui a trabajar a otra ciudad, luego a estudiar a otro país y finalmente a vivir en otro continente. Gracias a esas experiencias veo y entiendo al mundo de forma distinta.

Hoy que escribo esto cumplo trece años en Holanda y soy afortunada de poder ir todas las navidades a México, porque hay paisanos que no pueden permitirse ir tan seguido. Son dos semanas maravillosas llenas de fiestas y comida, las dos cosas que extrañamos más después de la gente, porque es verdad que aquí son muy fríos y reservados.Tengo planes para regresar a México; planes que mantengo con límites difusos, planes que pueden cambiar de forma y tamaño según las circunstancias, planes con tres velocidades y reversa, planes que me dan la falsa ilusión de que tengo control sobre los acontecimientos, planes cuyo único objetivo sea tal vez el ayudarme a seguir andando como alguien perdido en el desierto persigue a los espejismos.

Soy consciente de que el presente es lo que importa y por lo pronto lo que traiga el futuro se enfrenta mejor con un boleto de avión para dentro de tres meses y una botella de Clamato en el regrigerador.

 

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