El Distrito Rojo

Por Dianeth Pérez Arreola

El “Red Light District” es uno de los puntos obligados de visita en Ámsterdam. Todos oímos hablar de los famosos “aparadores” alguna vez; la primera vez que escuché sobre esa zona de tolerancia, me imaginé un aparador grande, como las de las tiendas de ropa, con tres o cuatro chicas juntas, como maniquís de carne y hueso.

Los aparadores son en realidad del tamaño de una puerta, esta ventana enmarca el cuerpo de las mujeres, quienes de pie o sentadas sobre un taburete, buscan contacto visual con sus posibles clientes. Junto a la ventana hay una puerta y detrás una pequeña cama y un lavabo. El espacio a duras penas alcanza los cuatro metros cuadrados, y cuando tienen clientes, las mujeres cierran la pesada cortina que cubre la ventana. La pequeña habitación cuenta también con un botón de alarma, para alertar a la policía si el cliente se pone violento.

La luz que ilumina ese pequeño espacio es roja, de ahí el nombre de la zona, aunque hay algunos aparadores cuya luz es azul, lo cual indica que las mujeres que ahí se exhiben son en realidad transexuales, así que sobre aviso, no hay engaño. En total hay unos 400 aparadores distribuidos en Ámsterdam, la mayoría ubicados en el Distrito Rojo.

Hace poco el ayuntamiento de Ámsterdam anunció la apertura de un burdel gestionado por las propias prostitutas. Los espacios son más grandes y ellas decidirán sus horarios de trabajo. Holanda legalizó la prostitución en el 2000, y las trabajadoras del sexo están registradas como “Empresas de una sola persona” y pagan impuestos.

La renta de los aparadores va desde los 85 euros durante el “turno” de día y unos 150 por la noche. El promedio por “servicio” es de entre 30 y 50 euros. La zona donde se encuentra el Distrito Rojo es muy antigua y tiene muchas calles muy pequeñas cuyo tráfico está abierto solo a taxis, bicicletas y gente, y hacen la circulación lenta y difícil.

La presencia de los turistas hace que el Distrito Rojo sea una zona siempre congestionada. Las mujeres tras los aparadores  no aprecian que las turistas se detengan a verlas detenidamente, y a aquella que lo haga le esperan señales o palabras de enojo de las prostitutas. Otra cosa que no se debe hacer es tomar fotografías de las trabajadoras sexuales. Muchas de ellas ocultan su oficio a familiares y amigos, así que para llevarse una impresión del Distrito Rojo hay que buscar un ángulo más general donde no se capten los rasgos faciales de quienes ahí se exhiben. 

Pero en el Distrito Rojo no solo hay aparadores. También hay bares, restaurantes, hoteles, departamentos (cerca de nueve mil personas viven en el área), sex shops y hasta una iglesia. Las prostitutas tienen su propio sindicato, y según datos de una trabajadora sexual, los ingresos de este oficio andan entre 5 mil y 10 mil euros mensuales.  La industria del sexo genera anualmente 650 millones de euros, según la Oficina Central de Estadística, cifras con las cuales se entiende la decisión del gobierno optó por legalizar la prostitución, en vez de sancionarla o voltear para otro y dejarla en una zona legal gris, como ocurre en muchos países.