El día que Campbell conoció a Rulfo

Por Daniel Salinas Basave 

La tarde de 1964 en que Federico Campbell lo conoció, Juan Rulfo estaba leyendo un ejemplar de Playboy. Alguien, no queda claro quién, le pidió a Federico que lo acompañara al departamento ubicado frente a la glorieta Chilpancingo en avenida Insurgentes, donde el autor de El llano en llamas habitaba con su familia. Rulfo estaba absorto en la lectura de una larga entrevista que alguien le hacía a Jean Genet. 

“Por allá, en la penumbra, una mesa de comedor asomaba llena de libros y periódicos alrededor de una máquina de escribir”, recuerda Campbell en La implicación rulfiana. 

En el 64 Rulfo ya era Rulfo. Su obra completa había sido ya publicada y si bien quizá aún no se dimensionaba su trascendencia y su condición de antes y después en la historia de la literatura, El llano en llamas y Pedro Páramo tenían un peso específico en el canon nacional. 

Federico Campbell era entonces un estudiante de 23 años que acababa de traicionar el sueño de su madre de verlo convertido en abogado e incursionaba en la Facultad de Filosofía y Letras mientras picaba piedra con sus primeras publicaciones que entregaba a Huberto Batis. Eran los tiempos del taller del maestro Arreola y de los primeros escarceos con cuento y poesía. 

Aquella primera vez hablaron poco, pero antes de despedirse Rulfo arrancó del ejemplar de Playboy las páginas con la entrevista de Juan Genet y se las entregó al joven Federico. 

“Es muy buena, deberías traducirla”, le dijo al muchacho, quien cumplió puntualmente con la traducción, misma que publicó semanas después en el suplemento de Batis.

Lo cierto es que esas hojas arrancadas de Playboy serían el inicio de una esporádica relación de caminantes y exploradores de librerías que se extendió hasta la muerte de Rulfo en 1986. No se puede decir que hayan sido amigos íntimos ni mucho menos, pero la realidad es que Federico jamás le perdió la pista y su convivencia sería más o menos constante durante las siguientes dos décadas.

Solían encontrarse en el abrevadero común de las librerías, primero en la Polo Duarte frente a la Alameda en Avenida Hidalgo y en otra cercana a la glorieta Insurgentes, a un lado del salón Morán, célebre cantinita que fue demolida junto con la librería para dar paso a la estación del metro. 

“Ni amigo íntimo ni simple conocido, Juan era para mí algo más: un camarada de café entre esas dos categorías afectivas. Tal vez coincidíamos en ciertos momentos de soledad hacia las siete, ocho de la noche”, narra Federico. 

Solían dar largas y divagantes caminatas en los alrededores del Parque Hundido y las banquetas de Insurgentes Sur fueron su nada infrecuente territorio de charlas. Al final, sus caminatas irremediablemente desembocaban en El Ágora. 

Cuentista hasta en la más espontánea de las charlas, Rulfo nunca dejaba de fabular. Le gustaba contar cosas inverosímiles con desenlaces terribles como si fuera lo más normal del mundo. Serpientes que hablan, muertos que salen de la tierra, aves gigantes.

Fue Rulfo quien consiguió interesar a Federico en la figura en Fernando Jordán, quien acabaría transformándose en personaje de su novela Transpeninuslar.  

Su fascinación con la muerte, narra Federico, no era la de un suicida sino el asombro de un niño que pervive en todo adulto. Bajo su opinión Rulfo nunca dejó de escribir. 

“Su sentido de la realidad sigue siendo para mí, en la memoria, un enigma. A veces se iba mentalmente, como que no prestaba atención, pero lo cierto es que estaba escribiendo. Al conversar también escribía: inventaba”.