El cumpleaños de Tijuana

 

Por Daniel Salinas Basave
 
¿En qué momento exacto nace una ciudad? ¿Cuál es la fecha que debemos tomar en cuenta para celebrar su cumpleaños? La gran paradoja de nuestra Tijuana, es que con una historia tan joven, su fecha de fundación nos siga acarreando tantas dudas. Ciudades mucho más antiguas, cuyo pastel de aniversario suma varios cientos o hasta miles de velitas, albergan una total certeza sobre su fecha oficial de nacimiento. Si bien los tintes de leyenda se imponen a la certeza historiográfica, hay ciudades milenarias que parecen sentirse muy seguras sobre su fecha de nacimiento. En Tijuana en cambio, fueron precisos encarnizados debates y muchas horas de discusión en el ayuntamiento de Fernando Márquez Arce para llegar hasta el 11 de julio. 
 
El esgrima intelectual de los cronistas, que arrojó el documento de Magdaleno Robles, no bastó para ponernos de acuerdo, pues el tópico sigue dando lugar a discrepancias, pero al menos permitió oficializar un cumpleaños. En el documento presentado por Robles se demuestra que el primer trazado urbano de Tijuana data del 11 de julio de 1889 y a partir de ese momento, comenzamos a festejar esa fecha. Bajo ese criterio, Tijuana cumplió el pasado lunes 122 años, pero nosotros cumplimos apenas 35 de hacerle su fiesta este día. Con justa razón se podría argumentar que fuera del estampado de una firma sobre unos planos, nada pasó ese 11 de julio en este terruño donde mucho antes de esa fecha había asentamientos y actividad humana. 
 
Vaya, con argumentos igualmente sólidos se podría afirmar que Tijuana nace en 1829 en el momento en que Santiago Argüello recibe de manos de José Echendía los títulos de propiedad de las 10 mil hectáreas que constituirían su gigantesco rancho, mutilado por el tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848. 
 
Debatir sobre la fecha de fundación de una ciudad no es nada nuevo. De la misma forma que los cronistas de Tijuana discutieron en tiempos de Márquez Arce para llegar al 11 de julio, los patricios de la República Romana se entregaron a fervorosos debates para ponerse de acuerdo en la fecha exacta del nacimiento de Roma. Finalmente, los cronistas Atticus y Varro resultaron ser como el Magdaleno Robles de la antigüedad, pues lograron poner de acuerdo a una ciudad entera sobre una fecha precisa de fundación. Es lógico que tengamos alguna “pequeña duda” sobre la real existencia de Rómulo y Remo, amamantados por una loba en la región de Lazio, pero aún así los romanos estuvieron de acuerdo en que su ciudad fue fundada oficialmente el 21 de abril del año 752 antes de Cristo. 
 
Con las ciudades españolas hubo menos problemas a la hora de definir los cumpleaños, pues en la Madre Patria eran obsesivamente meticulosos en sus rituales de fundación. Una espada y una cruz marcaban un punto exacto en la tierra que fungía como centro del nuevo asentamiento en donde se establecía la plaza de armas, la iglesia y el ayuntamiento. El bautizo se apegaba rigurosamente al santoral y solía tomar en cuenta el lugar de origen o el título de nobleza del jerarca que hubiera patrocinado la expedición. Por si había lugar a dudas, los españoles se tomaban el trabajo de levantar el acta constitutiva del primer cabildo. Bajo este ritual nació el 21 de abril de 1519 la Villa Rica de la Vera Cruz, primer asentamiento español en México. El mismo ritual fue seguido para todas ciudades nacidas durante el virreinato. La cuestión fue que en Tijuana no hubo cruz ni espada ni ritual alguno fuera de la incierta elaboración de unos planos. Según el censo de 1910, Tijuana sumaba en aquel año apenas 969 habitantes. Unas cuantas casitas de madera conformaban la avenida principal de una frontera apenas significante en el mapa mexicano. Tras la sangre derramada en 1911 como consecuencia del sueño anarquista de los Flores Magón, mutado en invasión filibustera e intentona secesionista, Tijuana se olvidó de la guerra civil que desangraba al resto del país. 
 
Mientras en las fronteras de Chihuahua y Coahuila el plomo imponía su ley, en el Territorio Norte de la Baja California los turistas lo pasaban bien, pues la fiesta no se acababa nunca. Frente a la austeridad de las construcciones de madera, el Tijuana Fair fue el primer edificio tijuanense que en 1915 apostó por una arquitectura espectacular con torres de ocho metros de altura que podían ser vistas a una gran distancia e irremediablemente atraían a los visitantes, refiere Antonio Padilla Corona, en su ensayo Formación urbana de Tijuana. 
 
Cuando el censo de 1921 contó mil 228 habitantes en Tijuana, el mojigato presidente estadounidense Wilson ya había sometido a su pueblo a una sobriedad forzada que se tradujo en los años de oro de la antigua Tijuana, que ofreció a los estadounidenses las bebidas que en su país le prohibían. La de los 20 fue la década de mayor bonanza en la historia de una Tijuana que hervía de sedientos turistas que dejaban sus dólares en las cantinas. Por once se multiplicó la población tijuanense en sólo 10 años pues al llegar a 1930, la ciudad sumaba 11 mil 271 habitantes que habían llegado atraídos por las historias de ese cuerno de la abundancia. Fue la década del Foreign Club, de la Cervecería Mexicali, del Jai Alai y del mítico Casino Agua Caliente, non plus ultra del glamour. Mientras las apuestas corrían y las botellas se vaciaban, en la cocina del Hotel Cesar’s Palace nacía para el mundo la Ensalada César, improvisada por Cesar Cardini y Livio Santini al tiempo que los primeros aviones mexicanos eran fabricados más allá de la colonia Libertad. 
 
Aquella mítica Tijuana escenificada en el bucólico Patio de las Palmeras y el Salón de Oro donde pasearon Rita Hayworth, Bing Crosby y Clark Gable. El sitio donde Dolores del Río filmó In Caliente y donde, según las malas lenguas, Al Capone apostaba su fortuna. Una década de leyenda que no cumple aún su primer siglo y que sin embargo nos parece tan lejana y mitológica como Rómulo y Remo a los romanos.
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