El coronavirus y sus personajes

Por Daniel Salinas Basave

Basta asomarse al oráculo de la pantalla y consultar las últimas noticias para sentirnos dentro de los capítulos de una novela como La muerte en Venecia de Thomas Mann o La línea de sombra de Joseph Conrad. La omnipresencia del fantasma de la peste al acecho en cada rincón, en cada bocanada. El ancestral pavor al enemigo invisible, el sentirnos absurdamente frágiles, vulnerables, desarmados.

Somos de espíritu irremediablemente medieval; frente a nosotros arden pentagramas de fuego y marchan procesiones de flagelantes para conjurar el Mal. La sospecha, la desconfianza, el rumor, la marca en la frente del apestado y el compulsivo cacareo beato evocando a castigos divinos y Apocalipsis fulminantes. ¡Ay de aquellos! Encerrados a piedra y lodo en nuestras fortalezas, veremos irrumpir de pronto la Máscara de la Muerte Roja. El asunto del Coronavirus me motivó a releer La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y caigo en cuenta que la actitud humana frente a la patología no ha variado demasiado desde la Edad Media.

Bueno, eso me sucedió los  primeros días. Ahora, si quieren que les sea franco, estoy empezando a estar harto de tantas teorías conspirativas y noticas falsas, víctima del hastío existencial que me provocan los grandes guajoloteos mediáticos. Mientras Italia entra en una cuarentena nivel peste negra, los medios mexicanos yacen inmersos en el marasmo de las mañaneras y su perorata, papando moscas, enfrascados en la rifa del avión que no es avión. Por supuesto, todos los personajes que irrumpen ante cualquier tema de moda están haciendo de las suyas. Usted sin duda ha topado ya con el conspirafóbico que jamás falta en los grandes dramas nacionales. Es quien sostiene, muy seguro de sí mismo, que según información privilegiada que sólo él posee, el coronavirus fue sembrado por el imperio yanqui o es una pérfida y depravada estrategia del neoliberalismo, el capitalismo mundial, y la mafia priianista del poder para debilitar a la cuarta transformación y al pastorcito evangélico que la conduce.

Tampoco falta el paranoico al que es muy fácil reconocer: es el que va a todos lados con el rostro cubierto por un tapabocas que nada puede tapar. Lleva un botecito de alcohol en la bolsa para empaparse las manos cada cinco minutos y no saluda de beso ni a su mujer. Por supuesto, jamás se permite un apretón de manos y al menor estornudo siente que la peste ya carcome sus entrañas. Brotan debajo de las piedras los que en un solo día se han transformado en doctores epidemiólogos capaces de disertar sobre tipos de virus, periodos de incubación y sintomatología. Surge por supuesto el mexicanísimo valentón valemadrista, quien le grita a los cuatro vientos que a él la enfermedad no le hace ni cosquillas, que se la cura con tequila, mezcal y limón y que esto es una ridícula exageración paranoica y claro, no podía faltar el chistorete. Esta mexicanísima figura, es la misma que hizo chistes del Chupacabras, el temblor, San Juanico, las crisis, las devaluaciones y todo un rosario de desgracias nacionales que en segundos se transforman en ataque de risa o comentario soez. Usted, colega lector ¿Con cuál de ellos se identifica?