El cordonazo de San Francisco 

Por Daniel Salinas Basave 

Una leyenda popular en el Nuevo León rural marca el “cordonazo” de San Francisco de Asís como el auténtico umbral entre el verano y el otoño. Con el 4 de octubre llegan puntuales las primeras ráfagas de viento fresco, los cielos nublados y los soplos otoñales.

Los agricultores dicen que para llegar muy limpio a la celebración de su fiesta, Francisco de Asís suele sacudir su hábito en el cielo provocando que el cordón se desate y gire en la atmósfera, movimiento con el cual se generan los primeros cambios climáticos drásticos.  

Los viejos campesinos dicen que si el cordonazo de San Francisco no llega en las fechas esperadas, entonces habrá fuertes heladas tempranas que afectarán los campos de cultivo cuando aún no se han levantado las cosechas.  

Tras los castigadores soles de las primeras semanas de septiembre, las nubes franciscanas saben a bendición.   

Ninguna estación nos habla tanto al oído como el otoño; ninguna tan cargada de simbología. Es la estación del vaivén de los ciclos, la estación de los fantasmas y los presagios. El viento, la luz, las nubes, el mar, todo parece querer decirte algo y todo es inconfundible.

Sientes el aire en tu cara y la esencia otoñal se regodea en su omnipresencia. Esta sensación no te acompaña en ninguna otra época del año. Todo parece traer consigo un acertijo o un mensaje oculto.

Tal vez no es tan elegantemente rojo y amarillo como el de Nueva Inglaterra, pero les juro que el otoño de Baja California tiene personalidad.

La primera vez que puse un pie en esta tierra era octubre y en estas fechas Carol y yo solíamos estar a la víspera de viajes, haciendo preparativos. En días como éste brotaban noticias y cambios de rumbo mientras la niebla es retada a duelo por el viento de Santa Ana y las duermevelas yacen pobladas por furtivas historias que se vuelven arena mojada al llegar el alba e intentar atraparlas en la jaula de un párrafo. No, el otoño no se deja agarrar.  

Soles mentirosos del medio día; vientos que oscilan entre el Santa Ana y las primeras ráfagas frías; tardes que en un abrir y cerrar de ojos se tornan moribundas; luces desteñidas; nostalgia en penumbra. Las estaciones son el más poderoso mensajero de nuestra condición circular.

La vida no es lineal ni camina siempre hacia adelante; es un movimiento de rotación y traslación; una espiral hacia cielos o abismos; un rehén del nietzschiano Mito del Eterno Retorno. Otoño es la estación del Dejá Vu, donde cada mínimo detalle parece la reencarnación de vidas pasadas.  

De repente me asaltó la idea de mirar este momento con muchos lustros de lejanía, con la mirada de un historiador que analiza sentado en el palco de su distancia cronológica, cuando todo esto sea pasado remoto. 

Mi único patrimonio son los recuerdos, los mil y un libros leídos, las emociones mostrencas, y todo ello se volverá también un lago de hielo. Ante el acecho de la desmemoria y el vacío, no tengo más arma que la escritura. Desparramar palabras para no hundirme.