El auto tetris

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

Hoy contaré la historia vivida en la ciudad de Oporto, Portugal, por Valente, nuestra querida amiga Mara, mi hijo y yo. Y cada que la recordamos todavía morimos de la risa. Todo comenzó cuando los tres queríamos conocer la ciudad, y Valente quería visitar a su amigo que trabajaba en el consejo regulador de la denominación de origen Oporto/Douro.

El día que teníamos que regresar a Lisboa el amigo de Valente lo había citado en la mañana, y por esa razón regresaría en un tren tarde, mientras nosotros saldríamos en un tren por la mañana. El problema es que sólo teníamos una llave del departamento, así que le comentamos a Fernando, nuestro anfitrión, que necesitábamos salir a diferentes horarios y habíamos decidido que Valente se quedara con las llaves; pero que nosotros teníamos que dejar las maletas mientras íbamos a desayunar y regresar por ellas para tomar el tren. Fernando contestó que no había problema porque la chica que le ayudaba con el aseo del departamento estaría ahí toda la mañana, que le tocáramos el timbre y ella abriría para que sacáramos las maletas.

Pero todo se complicó cuando la chica que la ayudaba a Fernando le marcó por teléfono esa mañana muy temprano para decirle que tenía que ir al médico, y Fernando le dio permiso sin acordarse de que nuestras maletas se quedarían encerradas en el departamento.

Justo a tiempo para tomar las maletas e ir a la estación, tocamos el timbre y no tuvimos respuesta, así que se nos ocurrió hablar por teléfono a Valente para que nos diera su ubicación y que mi hijo fuera por las llaves para abrir el departamento, sacar las maletas y regresarle las llaves. Pero como Valente tenía el sueño de cumplir con esa cita personalizada nuestra llamada y nuestro problema no estaban en sus prioridades.

Pero el tiempo corría, Fernando no contestaba los mensajes, Valente no contestaba el teléfono y el riesgo de perder el tren crecía, pusimos en Google Maps la dirección del consejo regulador de Oporto para que mi hijo corriera por las llaves, pero el colmo fue que el navegador lo envió en sentido contrario y regresó agitado y decepcionado. El reloj seguía corriendo y cuando Fernando contestó explicando lo sucedido, llegó al departamento para abrirnos y sacar las maletas.  Pero era demasiado tarde. Nuestro tren a Lisboa ya había partido.

Fernando con todo el entusiasmo nos indicó que no todo estaba perdido ya que el tren tenía que parar en la Estación Campaña, y que él nos llevaría en su auto a toda velocidad para llegar a tiempo. Presurosos bajamos las escaleras con las maletas y cuando nos indicó cuál era su auto, descubrimos que era un Mini Cooper. En ese momento pensamos que sería imposible que los tres con las maletas cupiéramos en el diminuto auto, pero no había tiempo que perder y además no teníamos oportunidad de hacer múltiples intentos para meternos al auto con éxito.

Así que en una reacción cargada de adrenalina, como si lo hubiéramos ensayado en la pantalla del tetris nivel diez, Fernando metía en el maletero la maleta más grande, nosotros abrimos la puerta del copiloto metimos otra, después dos mochilas y acto seguido se metió primero Mara y yo en sus piernas quedando adelante mi hijo cargando una maleta y una mochila. Todo lo hicimos en segundos. Fernando nos llevó a la Estación Campaña en donde estuvimos a punto de perder el tren nuevamente; pero lo más placentero fue vernos las caras cuando logramos abordar el tren.

Mi querido alquimista, recupérate pronto para que sigamos viviendo muchas aventuras como éstas.