El asiento vacío

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

A propósito de Rusia les cuento que Valente sufrió el robo de su visa americana y me tocó regresar sola a México vía Estados Unidos. Ese día con un poco de tristeza trataba de ver el lado positivo y en el afán de encontrar ganancias de las pérdidas, pasaba por mi mente la imagen de un asiento vacío a mi lado pues Valente simplemente no abordaría.

La imagen de ese asiento vacío era muy tentadora; pues tendría dos sillones para estar más cómoda. Optimista abordé, me senté y disfruté de la idea de tener más espacio. Pero las aerolíneas no dejan pasar ninguna oportunidad y ese asiento sería cubierto por alguien.

Y así fue. Ese alguien era un ruso, que al verlo pensé, “Lo que me faltaba, un ruso”. Hoy recuerdo ese pensamiento y me causa gracia, pues la molestia no era el ruso; sino perder un maravilloso asiento vacío adicional en la reducida clase turista.

Para no hacerles el cuento largo, ese ruso era un gran platicador. Al inicio por más que quise enviar el mensaje corporal de: “No quiero hablar con nadie”, él fue amable y resultó que entre su mal inglés y el mío peor conversamos casi durante todo el vuelo de Barcelona a Moscú.

Aunque no lo crean fue una gran conversación y después de una hora de charla ya había conocido en fotos su casa, a su esposa, sus suegros, sus padres y sus hijos, pues en su celular traía fotos de todo que hasta sus perros conocí.

El hombre me cayó de maravilla porque era la primera vez que después de estar tres veces en Moscú descubría que los rusos son amigables y no son tan hostiles como parecen.

Comprendí que la barrera del idioma los intimida evitando la interacción. Sin embargo la audaz seguridad de este hombre me liberó de la resistencia a socializar, entendiendo que la charla con un desconocido de otra cultura, (tomando las precauciones debidas) puede llevarte a conocer un poco más del mundo.

Le platiqué que en su asiento debería estar mi esposo quien tuvo que regresar a México en otro vuelo. Y exclamó: “Me encantaría conocerlo”, siguió con su rudo acento diciendo: “Si tienes whats app puedes apuntar mis datos y cuando vuelvan a Rusia me contactas para invitarlos a mi dasha (refiriéndose a su casa de campo) cerca de Moscú. Te recomiendo que sea en invierno para invitar a tu esposo al baño sauna que tengo en el patio y después rodar por la nieve”. Mientras su rostro emocionado expresaba: “Es lo máximo”, el mío mostraba perpleja la interrogante ¿Sauna y nieve? ¿Está usted loco?

Me explicó que todos los rusos tienen esta costumbre y las saunas son públicas, pero muchos pueden tener una privada, hecha de madera donde en invierno toman ese baño de vapor caliente para después rodar en la nieve y volver a la sauna. Sí, leyeron bien, un verdadero shock térmico.

A estos baños se les conoce como “La banya” y son parte de la cultura popular rusa cuyo origen se dio en el asentamiento vikingo de Nóvgorod.

Se toman en familia donde cantan, cuentan chistes y socializan. Esta actividad deriva en bienestar ya que según los rusos es medicinal.
Tal es la creencia de salud que hay un refrán popular ruso que cita que: “Cuando la banya haces, renaces”.

Haciendo una analogía es como salir del temazcal a menos cinco grados y darse un baño de agua con hielo. Una experiencia que no está en mi lista de cosas por hacer.