El arte de tornarse obsoleto

Muy a menudo me siento un ser de la prehistoria, una suerte de ruina cuya fecha de caducidad acaeció hace algunos años.

 

De repente, me di cuenta que todos los oficios que he desempeñado en la vida están condenados a muerte y yacen inmersos en un proceso de irremediable extinción. Imagino que cuando mi hijo llegue a la edad adulta no quedará sobre la Tierra ni siquiera el recuerdo de los trabajos que algún día desempeñó su padre.

Mi primer empleo en nómina fue en una tienda de discos en 1991, cuando tenía 17 años de edad y las endorfinas en punto de ebullición. Se vivía el gran auge de los discos compactos, con el vinilo en franca decadencia y el casete en una suerte de retaguardia para quienes teníamos bajo presupuesto.

Comprarse un disco compacto seguía siendo un pequeño lujo para un adolescente y su costo promedio era el equivalente a una semana de trabajo. Dos décadas después  casi todas las grandes tiendas de discos se han extinguido de los centros comerciales en las grandes ciudades o se mantienen vendiendo videojuegos u otros artículos.

Paradójicamente lo que sobrevive en calidad de reliquia u objeto de nostalgia vintage es la venta de discos de vinilo, muy apreciados como arte-objeto por los hipsters.

Mi segundo empleo en nómina fue en una librería, en el verano de 1994, cuando el país oscilaba entre negros presagios y peores realidades. México nunca ha sido un país de lectores, pero a mediados de los 90 la Librería Castillo de Monterrey vivía sus años de vacas gordas, con seis sucursales y una editorial que publicaba algunas plumas regias de prestigio. Hoy la cadena se ha convertido en ceniza, destino que la hermana con no pocas librerías en el mundo que han debido cerrar sus puertas.

Amazon, la recesión y el analfabetismo entronizado en el México actual, son los peores enemigos de las librerías, comercios con los que sigo manteniendo una relación obsesiva y pasional, aunque consciente de su condición de heridos de muerte.

Mi tercer empleo fue en un periódico y a casi veinte años de mi debut como reportero, sigo de una u otra forma en permanente relación con los medios impresos y como involuntario testigo de las turbulentas y hostiles aguas en que navegan.

La historia de las primeras décadas del Siglo XXI está llena de periodistas que perdieron su trabajo y debieron cambiar de oficio sobre la marcha o intentar adaptarse a los nuevos tiempos con más pena que gloria y con más dudas que certezas.

Los nacidos a mediados de los 70 no fuimos nativos digitales y nuestros procesos epistemológicos primarios no estuvieron vinculados a una computadora. Fuimos forzados a digitalizarnos a marchas forzadas y a aprender a sobrevivir en un nuevo mundo cuyas reglas nunca están claras. En algún momento todos hemos sido o seremos analfabetas del nuevo orden mundial.

Lo que aprendimos en la juventud hoy nos sirve de muy poco. En este río revuelto hay algunos cuantos ganadores y un millón de seres en extinción.

El planeta está lleno de oficios y formas de vida obsoletas.