El arte de morir a tiempo  

Por Daniel Salinas Basave

Morir a tiempo es el arte de los inmortales. Hay que saber despedirse en el momento exacto para aspirar a la eternidad y evitar la pudrición de las horas extra. ¿Quieren ejemplos? En el mundo hay (todavía) miles de jóvenes luciendo camisetas con la cara del Che Guevara pero que yo sepa no hay ninguno que lleve la imagen de Fidel Castro. La diferencia es que uno murió a tiempo y el otro no. El primer barbón dijo adiós siendo un gallardo guerrillero peleando en la sierra boliviana y el segundo se pudrió siendo un decrépito dictador a medias retirado.

¿Quieren más ejemplos? Colosio será siempre el gran mártir del priismo, el vocacional demócrata que vio truncado su sueño, aunque todos sabemos que de no haberse atravesado la inoportuna bala de Aburto, Luis Donaldo sería hoy tan sólo un ex presidente más, tan corrupto, gris e incompetente como los otros. La historia más bella, la más fascinante, es siempre la historia de lo que pudo haber sido, el idílico futuro abortado.

Porfirio Díaz sería un inmaculado héroe de la patria si hubiera caído en batalla el 2 de abril de 1867 y Antonio López de Santa Anna habría tenido sus soñadas estatuas ecuestres si en la Guerra de los Pasteles, en vez de sólo perder una pierna perdía la vida. Para su desgracia, ambos murieron viejos y denostados después de su derrocamiento. Miguel Miramón sería el séptimo niño héroe si las balas gringas lo hubieran matado y no sólo herido en el Castillo de Chapultepec. Miramón murió joven, pero lo hizo fusilado como traidor a un lado del emperador Maximiliano.

¿Saben por qué Salvador Allende es una deidad en el Olimpo de la izquierda mundial? Porque Pinochet le concedió un apoteósico martirio y con ello le regaló la inmortalidad de que otra forma no habría conseguido. Allende se hubiera caído solito sin necesidad de bombardear el Palacio de la Moneda, porque su gobierno era ya insostenible y estaba roto hasta las entrañas. Los ejemplos son cientos. También en la literatura hay artistas de la muerte oportuna. Roberto Bolaño y Jorge Ibargüengoitia dijeron adiós con el timing perfecto, mientras que Carlos Fuentes envejeció legándonos dos décadas de tardías obras prescindibles.

A la música también le sobran ejemplos de personajes a los que la muerte engrandeció.  En el 79 murió Sid Vicious, el malogrado junkie que nunca aprendió a tocar el bajo y a quien su nariz reventada en el escenario le alcanzó para ser el icono del punk. En el 80 murió John Bonham y su lugar en la batería de Led Zeppelin jamás fue ocupado. La  historia de la banda acabó con su muerte y empezó la leyenda. En el 80 se colgó Ian Curtis, con 23 años de vida y una efímera carrera al frente de Joy Division. A la fecha es ídolo de millones de aspirantes a poeta de vena rebanada. ¿Te los imaginas ahora, 40 años después? ¿Cómo se verían Sid Vicious y Ian Curtis gordos y sesentones? ¿De qué se perdió el rock por su muerte prematura? De nada. Ganaron más con su muerte que con su vida. Lo más fascinante fue lo efímero de sus carreras y su mejor anécdota es la historia de lo que pudo haber sido. Son leyendas porque fueron artistas en el arte de morir a tiempo.