El arrullo del tren nocturno

Por Daniel Salinas Basave

En un mundo enteramente cartografiado por Google Maps donde casi cualquier rincón del planeta Tierra puede ser visto desde la comodidad de nuestra computadora, las zonas inexploradas por el hombre son aquellas que yacen en nuestro interior.

Por una parte tenemos la cartografía del microscopio, en donde el mundo nano aún guarda demasiado secretos para los exploradores. Por otra tenemos el cerebro humano, un universo ignoto donde es aún posible explorar mares misteriosos. Así como los mapas de los antiguos navegantes incluían dibujos de monstruos y serpientes marinas, un hipotético cartógrafo del cerebro podría dibujar abismos e infiernos susceptibles de salir a la superficie en la noche menos pensada. 

Aunque existen mil y un pastillitas especializadas en driblar a las depresiones y jugar a subir el estado de ánimo, lo cierto es que la mente siempre tendrá una carta oculta y un rincón inexplorado. Aunque parezcamos predecibles y ordinarios, aún en el más sumiso y domesticado de los seres humanos cabe la posibilidad de un quiebre o naufragio mental que haga pedazos la lógica. Aunque a menudo parezca que somos maquinitas, creo que aún sobrevive una parte de nosotros que no es programable como una computadora.

A raíz del suicidio de Chris Cornell, cantante de Soundgarden y Audioslave, retorné a una novela que leí hace catorce años y cuyo argumento podría ser perfectamente aplicable a este caso. Se trata de Tren nocturno del británico Martin Amis. Con alma de noir (sin ser Amis un narrador negro) Tren nocturno habla del suicidio de la bellísima  Jennifer Rockwell, una astrónoma de 27 años de edad, cuya vida parece un modelo de realización y felicidad hasta que un día decide toma una pistola y volarse la cabeza.

Una detective machorra, alcohólica y con el hígado destrozado llamada Mike Hoolihan investiga la extraña muerte de la joven científica. Dado que Rockwell no estaba deprimida ni tenía problemas en su vida, la teoría de la muerte por su propia mano parece condenada a la falsedad y como en tantísimas novelas negras, todo aparenta conducir a un desenlace en el que el suicidio resulta ser asesinato. Lo sui generis de esta historia es que al final el suicidio se confirma. ¿Por qué entonces se mató la guapa astrónoma? “El suicidio es un tren nocturno, un tren que te lleva velozmente a la oscuridad. Este tren te lleva al interior de la noche y te deja en ella”. 

Jennifer estudiaba los hoyos negros del universo, pero nadie repara que la mente humana, al igual que el espacio, puede de pronto naufragar en un vacío abismal. Es como si el equilibrio emocional fuera una barca que en un de repente cae en una suerte de triangulo de las Bermudas. Un descomunal hoyo negro ontológico que una mala noche cualquiera puede cubrirte como cubrió a Chris Cornell quien al igual que Jennifer tenía una vida realizada y estable. No es fácil detectar los abismos cósmicos ni distinguir la débil luz del tren nocturno cuando se aproxima siniestra en la madrugada para detenerse fatalmente en la estación de tu vida. Misterios del sueño de la razón y sus adorables monstruos.