El ángel de Osaka de año nuevo

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Recurrentemente he citado a Cesáreo Pavese con la frase donde afirma que viajar es una brutalidad porque te obliga a confiar en extraños. Yo les llamo a esos extraños ángeles porque a veces sin pedirlo se topan en tu camino y te sacan de un apuro. Algunos de esos ángeles se convierten en tus amigos como mis habibis egipcios a quienes visité cuando regresé a El Cairo, pero otros realmente siguen siendo unos desconocidos que hicieron su obra buena del día.

Personas bien intencionadas que te dan la mano y una de ellas lo hizo en Osaka. Era un fin de año y la ciudad estaba realmente desierta ya que esa fiesta se celebra en casa en familia. Esa noche nosotros queríamos explorar la ciudad aunque todo estuviera cerrado y las calles desiertas y así lo hicimos. Tomamos el metro que todavía estaba funcionando con el mínimo de pasajeros, nos bajamos en una estación cerca del río y caminamos por el borde un largo rato hasta que consideramos que eran necesario regresar antes de que cerraran el metro.

Para contextualizarlos les cuento que en Japón poca gente habla inglés y todo, absolutamente todo está escrito en japonés, por lo que es difícil saber en qué calle estás y cómo se llama la estación. Si eres bueno con los símbolos puede ser fácil que hagas comparaciones. Cuando viajas sin duda todos tus sentidos se agudizan y vives en estado de alerta, tratando de resolver los problemas y si llevas un mapa del trasporte en ciudades de países donde el alfabeto no es el latino, lo único que te queda es marcar las estaciones en el mapa y luego comparar los señalamientos. Y si coinciden con la marcada esa es la estación.

Otro dato en el que tienes que poner mucha atención, es en la dirección de circulación, ya que puedes tomar la ruta en sentido contrario y terminar mucho más lejos del lugar donde necesitabas ir; en fin, para no seguir haciéndoles en cuento muy largo, esa noche al querer regresar a la entrada de la estación del metro que nos llevaría de regreso al hotel, realmente nos desorientamos por completo.

Buscamos la estación sin éxito y no había ni un alma a quien preguntarle, las calles lucían vacías. La sensación que tienes cuando estás perdido como nosotros esa noche, es la que tenías cuando eras niño y perdías de vista a tu mamá en un espacio público. Si lo vivieron alguna vez, saben que es temor e incertidumbre.  Uno de los miedos, era saber que la estación cerraría pronto, otro que la temperatura bajaría más, que no había taxis en la calle e ir caminado al hotel no era opción; porque no teníamos idea hacia donde caminar.

De repente sale de una esquina una anciana que se dirige hacia nosotros haciéndonos una señal para que nos acercáramos. Todavía recuerdo perfectamente sus ojos rasgados y sus pómulos pronunciados, se me quedaron grabados en la memoria. Su edad no podría calcularla pero su rostro arrugado era el de una anciana con gestos amables, de baja estatura y con un porte erguido que la hacía caminar sin dificultad. Solo con señas y sin decir una sola palabra, nos dirigió a la puerta de la estación del metro justo la que llevaba a la dirección el hotel. Se me eriza la piel de recordar cómo una mujer que salió de la nada sin cruzar palabra con ella nos ayudó a regresar sanos y salvos.