Educación, el tema de temas

Por Gastón Luken Garza

gaston@gastonluken.com

Todo mundo reconoce que la educación es la llave para que México construya las posibilidades reales de alcanzar el desarrollo integral que conduce a elevar la productividad y competitividad, lo cual garantiza mejores niveles de seguridad, empleo y bienestar.

No obstante este papel central de la educación, es claro que existe un rezago innegable que se traduce en menores oportunidades de desarrollo.

Por ello la insistencia en la calidad de este servicio y la ampliación de su cobertura está en la raíz de muchos de nuestros problemas.

Nadie en sus cinco sentidos puede estar en desacuerdo con lo escrito en las líneas anteriores. Todos, partidos políticos, autoridades educativas, profesores y padres de familia coinciden en ello. El ámbito internacional nos ofrece abundantes ejemplos de cómo países que han mejorado su educación ofrecen mejores condiciones de vida a sus habitantes.

Evidentemente que estas decisiones exigen un alto compromiso de la sociedad en su conjunto, además de una inquebrantable voluntad política que en nuestro caso se ha dado en pocos momentos del quehacer nacional. La educación ha sido por desgracia y en muchas ocasiones un valor de trueque.

Habrá que decir que en nuestro caso contamos con diagnósticos acertados, así como con programas de acción sucesivos que han venido reportando avances significativos en la cobertura y la calidad de la educación, sin embargo, por su naturaleza, plantea nuevas exigencias y el compromiso con objetivos superiores.

Por ejemplo, hoy existe consenso sobre la utilidad que puede prestar la evaluación de profesores, alumnos y escuelas como herramienta de mejoramiento permanente.

En este sentido, debemos reconocer en la evaluación de todas las áreas del quehacer de gobierno, no solo de la educación, un instrumento que garantiza no solo niveles superiores de calidad sino propicia la transparencia.

Sin duda, un reto importante estará en encontrar los mecanismos, las instancias y las formas de lograr un acuerdo entre los diferentes actores que aprovechen la evaluación como un instrumento para crecer y apuntalar un mejor futuro, y no como recurso para la descalificación política y la consecuente postergación del interés superior de la sociedad.

Se han dado avances en cuento a una mayor transparencia y rendición de cuentas y para botón de muestra está el que la asignación de plazas magisteriales ahora pasa por un proceso de concurso, cosa que es un paso significativo en la dirección correcta, pero que por sí solo no resuelve el problema del rezago educativo.

Es el caso, también, de la prueba Enlace que ofrece una evaluación acertada, que si no se acompaña por acciones correctivas se queda en un indicador aislado.

Es lamentable que algunos sectores del magisterio se nieguen a abrir las puertas a la evaluación de profesores, escuelas y alumnos. Es deseable que la presencia social y política del magisterio se edifique sobre bases sólidas que solo puede propiciar la evaluación constante de su desempeño y con ello recobrar aquella presencia del profesor que era el líder, el referente, el actor de confianza de la comunidad, hoy más que nunca México los necesita.

Soy un convencido del papel que hoy corresponde al SNTE y sus directivos a asumir el papel como factor clave para alcanzar los nobles propósitos de la planeación educativa.

El magisterio es una pieza central, fundamental al lado del esfuerzo de padres de familia y la sociedad en su conjunto.

Es de señalarse, además, que las razones que esgrime el SNTE para negarse a la evaluación, como es el caso de la autonomía del Instituto Nacional de Evaluación y los programas de capacitación continua son poco consistentes, pues el INE ha probado ser un organismo altamente capacitado y los profesores han tenido a lo largo de su formación y actualización una oferta permanente y cada vez de mayor nivel, lo que muestra la debilidad de la argumentación de los profesores organizados.

Otro tema importante para lograr el mejoramiento de la educación se refiere a la necesidad de destinar los mayores recursos posibles a la infraestructura educativa, por la simple razón de que se trata de una inversión que genera mejores frutos.

Un acierto importante de las políticas públicas de los últimos años es el creciente porcentaje del PIB que México invierte en educación. La prueba de ello es que la Secretaría de Educación Pública es la que mayor presupuesto tiene de todo el Gobierno Federal y es el caso también del estado de Baja California.

El problema es que una gran parte de esos recursos se destina al pago de salarios y prestaciones del magisterio, lo que en sí mismo no tiene nada de negativo, sino por el contrario, la condición económica del magisterio es un aspecto importante de la estrategia para el mejoramiento de la calidad educativa. Habrá que decir que no sólo se trata de una inversión significativa por su monto, sino por el sentido de su aplicación. Existen países altamente evaluados que no ocupan los primeros lugares de inversión en este sector, como es el caso de Finlandia y Corea del Sur.

En este sentido cobra relevancia la propuesta de destinar todos los recursos de excedentes petroleros a inversión de infraestructura educativa y que ni un solo peso de esta partida vaya al gasto corriente como en parte sucede hoy.

Una apuesta por la educación es una apuesta por el futuro de México.

*El autor es diputado federal ciudadano, por el PAN.