Ecos de Buendía 

Por Daniel Salinas Basave

El día de la muerte de Manuel Buendía yo estaba con mi familia en el parque Tangamanga de San Luis Potosí a donde habíamos viajado con la esperanza de poder ver el gran eclipse solar anular que al final fue frustrado por una terca lluvia de primavera que nunca cesó.

Posiblemente íbamos viajando por carretera de regreso a Monterrey cuando se cometió el crimen del que nos enteramos al día siguiente en el periódico El Norte. Yo tenía diez años de edad recién cumplidos e intuía a mi manera que algunas cosas andaban muy mal en el país.

A casi cuatro décadas de distancia aún recuerdo desde mi óptica infantil la conmoción e indignación provocada por aquel crimen y las charlas de sobremesa de los adultos, hablando de que a Buendía lo había matado el gobierno. Por cierto, Manuel Bartlett, el hombre que controlaba la política interna de México en 1984, sigue encumbrado en el gabinete presidencial y conste que aquellos eran tiempos en que no se movía una hoja de un árbol sin que lo supieran en Bucareli. Aun así, Bartlett jamás declaró sobre el asesinato, cuyo autor intelectual, José Antonio Zorrilla, director de la infausta Federal de Seguridad, era un subordinado suyo.

Esta semana he visto el documental Red Privada recién estrenado en Netflix en donde una galería de veteranos periodistas e investigadores, como José Reveles, Raymundo Riva Palacio o Sergio Aguayo comparten sus recuerdos sobre el crimen de Buendía y elaboran sus hipótesis.

En 1984 se vivía en México en una democracia de mentiritas o una dictadura maquillada. No había instituciones descentralizadas ni organizaciones no gubernamentales debidamente constituidas que ejercieran un contrapeso real al poder. Era muy complicado ser un periodista combativo en aquellos ayeres y sin embargo, pienso que los tiempos más hostiles para ejercer el periodismo en México son los actuales. En 1984 la muerte de un periodista era noticia y generaba indignación. En 2021 es -parafraseando a Janes Addiction- ritual de lo habitual.

Tan solo en este mes de julio, dos periodistas más han sido asesinados. Ricardo López Domínguez en Guaymas, Sonora y Abraham Mendoza en Morelia fueron acribillados. En total van 43 periodistas asesinados desde que inició el actual sexenio presidencial y al menos 139 desde el año 2000 a la fecha.

La nuestra es una época extrema llena de paradojas y contradicciones. Aparentemente se vive y se ejerce una libertad de expresión como no habíamos conocido antes en México y brotan por doquier medios de comunicación alternativos que se atreven a hacer frente a los grandes monstruos monopólicos, pero al mismo tiempo nunca se había normalizado a tal grado la agresión a comunicadores y nunca había sido tan peligroso ejercer esa libertad de la que aparentemente gozamos. Un narco-gobernador o narco-alcalde manda matar o desparecer a un reportero y no pasa absolutamente nada. Su muerte se pierde o se confunde con el cotidiano teatro del horror. Nuestra capacidad de sorpresa e indignación yace anestesiada.

La muerte de Buendía enardeció a un país entero, pero este mes los asesinatos de Ricardo López Domínguez y Abraham Mendoza pasan casi desapercibidos y los contabilizamos simplemente como otro crimen más entre tantos que se cometen. Podrían decir que no tenían la fama y la influencia que en su momento tuvo Buendía, pero cuando casi medio centenar de comunicadores son masacrados durante un sexenio y no merecen siquiera un comentario o un pésame desde la diaria tribuna presidencial, la conclusión es que algo huele a podrido en México. Tiempos tristes para ejercer el periodismo.