Dios bendiga a Líbano

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

Crecí en una colonia libanesa sin ser de Líbano y ahí fue el momento que me enamoré de ese país; a mi hermano y a mí nos tocó convivir y jugar con la tercera generación de esos migrantes libaneses que llegaron a Guadalajara huyendo de los conflictos. Una parte de la comunidad libanesa en Guadalajara habitaba en la colonia donde vivíamos también nosotros.

Era una comunidad libanesa católica, que en el templo de la colonia había encontrado un lugar para las imágenes de Nuestra Señora de Líbano y de San Charbel, tan importantes para ellos y por lo tanto para todos los que vivíamos ahí.

La cultura libanesa se vivía de tal manera que en las fiestas patronales que se celebraban en honor a San Pedro apóstol, en los puestos de la kermés encontrábamos tanto el tradicional pozole, las tostadas y los sopes surtidos, como las hojas de parra, el tabule, el baba ganush y el falafel. Era toda una fiesta dónde se mezclaba lo mexicano y lo libanés.

Las banderas de Líbano ondeaban en los porches de las casas dónde los abuelos de unos se sentaban a platicar con los abuelos de los otros todas las tardes. Esos abuelos eran la primera generación que llegó a México muy joven y con la esperanza de regresar algún día, pero que para ese entonces Líbano seguía en un conflicto que perecería interminable.

Ellos platicaban de lo bello que era el país y de lo duro que había sido dejarlo y yo con mi alma viajera, por supuesto que soñaba que cuando creciera y pudiera costearme mis viajes, la guerra ya hubiera terminado para visitarlo.

Tanto me causaba curiosidad que cuando jugábamos a dibujar banderas siempre escogía la bandera del arbolito, no sólo porque me gustaba mucho, sino porque no entendía por qué la gente había tenido que dejar su país y eso me provocaba mucho interés. Esa bandera con el cedro de Líbano era mi favorita, después de la de México.

Después de tantos años queriendo ir (y que nadie me quería acompañar)}, en septiembre del año pasado me atreví a viajar a Beirut junto con mi hijo adoptivo que fue el único que me dijo que sí me acompañaba. Esa visita a la bien llamada Paris de Oriente fue un sueño hecho realidad.

Conocer esa ciudad me causaba tanta emoción y curiosidad. Y le doy gracias a Dios que me haya permitido pisar esas tierras que habían estado prohibidas durante tantos años de conflicto, incluido el último que duró de 1975 a 1990 dónde se estima murieron más de 100 mil personas y que desplazó fuera del Líbano a un millón de personas. Pisar la plaza de los mártires y recorrer la zona donde estaba la franja verde, era respirar libertad.

Para tener una idea de lo que sentí , les cuento que la franja verde era la que dividía la ciudad en bandos y que durante los años que duró la guerra tenía francotiradores en lo alto de los edificios,  por lo tanto circular por ahí en esa época era una acto suicida.

Un mes después de nuestra visita a Beirut, la cuidad volvió a convulsionar con una serie de protestas violentas que no han parado desde entonces y que la semana pasada el panorama no lucia muy alentador ante la devaluación de la libra libanesa, que desató más quejas contra el gobierno.

Justo a tiempo alcanzamos a visitarla, ya que entre el Covid-19 y la nueva crisis seguramente tendríamos que seguir posponiendo la visita. Hoy sólo puedo decir ¡Dios bendiga a Líbano!