Diciembre de sombras largas 

Por Daniel Salinas Basave

Anoche, infinitos  ojos buscaban en el cielo oscuro la atípica conjunción de Júpiter y Saturno. Acaso en el fondo albergamos la esperanza de que semejante alineación astral en el solsticio de invierno pueda traer consigo un buen presagio, un cambio de rumbo o el cruce de un umbral.

En cualquier caso, los humanos solemos buscar respuestas en los astros. Cometas, eclipses o conjunciones como heraldos de cataclismos, renacimientos o nuevas eras. Deseamos una estrella de Belén señalando el camino hacia alguna parte o anunciando la llegada de algún enviado del cielo capaz de redimir este infierno pandémico. Por ahora seguimos esperando.

No recuerdo una Navidad de cielos tan claros en Tijuana. La condición Santa Ana, atípica a estas alturas de diciembre, ha despejado los horizontes y el azul del cielo es de una desnudez que hiere.

Como ráfaga de otoñal viento se nos está yendo este mes de sombras largas y cielos yermos. De las neblinas fantasmales de los primeros días de noviembre pasamos a los azulísimos cielos que ya no contemplan los miles que la enfermedad se ha llevado.

Tiempo de obituarios y condolencias como ritual de vida diaria y de mirar la propia vida como vela en medio de la tormenta. El círculo de la epidemia se va estrechando.

Hoy todos tenemos algún familiar enfermo. Largas filas se congregan en torno a los bancos y los supermercados. Aunque el miedo en teoría repta en cada esquina, la calle no conoce un minuto de calma. Mientras Baja California retorna al rojo del semáforo (del que acaso no salimos nunca) y el arresto domiciliario se prolonga indefinidamente, la única conclusión posible es que en su aparente inmovilidad, el año se consumió como arena en puño dentro de un zoom con complejo de eternidad. Diciembre es un soplo y por herencia nos quedará tantísimo atardecer derramado.

En estos días la nostalgia por la costumbre pide nubes, un frío acogedor y hasta algo de lluvia, pero parece ser que en 2020 todo absolutamente está destinado ser atípico.

La claridad de los días es inversamente proporcional a los augurios de cara al futuro mediano e inmediato en donde casi todo pinta difuso u oscuro. La multiplicación de los enfermos, la saturación absoluta de los hospitales y la inquietante noticia en torno a la mutación de la cepa en el más agresivo Covid-20, no nos permiten ser demasiado optimistas, aunque queda la esperanza de que las vacunas empiecen a tener efectos positivos a la brevedad. A alguna velita encendida debemos aferrarnos.

Dos aves rapaces sobrevuelan el parque al mediodía. Giran en círculos planeando bajo. Gavilanes de Cooper o acaso aguilillas cola roja en busca de los múltiples conejos o ardillas que pueblan el monte. Hay tantísimos mundos paralelos coexistiendo en nuestro microcosmos, infinitos ojos observándote mientras caminas por las calles que crees conocer de memoria.

Cuando el entorno se torna incomprensible, entonces trato de imaginarlo contemplado por ojos externos, un gran escenario en donde todos somos actores e intérpretes. Cada uno es el público de otro y hoy nos toca mirarnos celebrar la Navidad más extraña y solitaria de nuestras vidas.