Diarios de paternidad

Por Daniel Salinas Basave

La historia de la literatura nos ha mostrado no pocas veces cómo un padre aborrecible puede inspirar una obra sublime. Muy a menudo los monstruos paternos acaban -contra su voluntad- moldeando a geniales escritores. Pregúntenle a Kafka, a Vargas Llosa, a Federico Campbell, a Paul Auster o a Joel Flores, por mencionar solo un quinteto.

Los cinco están hermanados por la presencia de un progenitor fallido, siempre frío y cruel. Si Karl Ove Knausgård se la juega con La muerte del padre y Amélie Nothomb, más explícita, apuesta por Matar al padre, Joel asesta un golpe liberador en un párrafo catarsis.

Las figuras paternas han acaparado la literatura hasta la indigestión. Hace cuatro siglos ya teníamos a un espectro chantajeando al siempre dubitativo Hamlet y hace 105 años Kafka le escribió una desgarradora carta de 103 cuartillas al odioso Hermann.

Hace 70 años Juan Preciado se fue a Comala a buscar a su padre, un tal Pedro Páramo y bueno, la mata sigue y seguirá dando. 

La sombra castrante o la desoladora ausencia del progenitor han desembocado no pocas veces en arroyos de puro néctar narrativo, pero si quieren que sea brutalmente honesto, ya chole con esto de escribir sobre papá. Al menos yo nunca lo haría pues en torno a mi experiencia como hijo no tengo nada extraordinario ni interesante que narrar.

En ese sentido, es  muchísimo más emocionante y transformadora mi experiencia como padre. Comparados con los libros en torno a figuras paternas, son pocas las obras narradas desde la mirada de papá a su hijo pequeño. Al respecto no tengo dudas: lo más cabrón que he leído es La carretera de Cormac McCarthy, que leí justamente en el año en que debuté como padre, lo cual hizo aún más fuerte la experiencia.

Ahora llegan a mis manos dos diarios de paternidad publicados casi simultáneamente: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Un hijo cualquiera de Eduardo Halfon. Los dos son señores latinoamericanos de mi generación que al igual que yo, debutaron como papás estando ya algo mayorcitos.

Zambra es chileno nacido en 1975 y Halfon guatemalteco nacido en 1971. De Zambra me encantó su novela Poeta chileno (y me aburrió Formas de volver a casa) y de Halfon me gusto su híbrido ensayo El ángel literario, que a la fecha es lo único que he leído de él.

Ambos libros comienzan con el momento apoteósico en que sus respectivos chilpayates llegan al mundo, en lo cual me hermano con ellos. Yo también tuve la fortuna de ver nacer a mi hijo y recordaré por siempre el instante como el más sublime y extremo terremoto emocional que he vivido.

“Contigo en brazos, por primera vez aíslo, en la pared, la sombra que formamos juntos. Tienes veinte minutos de vida”, escribe Alejandro Zambra en el primer párrafo de su libro.

“Estuve ahí las siete horas que duró el parto de mi hijo. Lo vi entrar al mundo. Oí su primer grito. Sentí en mis dedos su primera respiración”, escribe Eduardo Halfon.

Alterno ambas lecturas en desorden. Los hermana el arranque, aunque no el estilo. En ese sentido (y perdón por comenzar con la odiosa comparación), la narrativa de Zambra es mucho más fuerte, pues el chileno en todo momento le habla a su hijo Silvestre, mientras que el guatemalteco es más distante y por momentos parece hablar más de sí mismo que de su bebé. En fin, ya les platicaré cuando concluya.