Día 200

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Las palabras que hoy lean, vienen de esta mujer que es la misma y a su vez diferente, explicaré que es como el mismo cascarón, pero algo dentro se está formando de una manera distinta, porque yo cada vez que renazco, ¡ah claro!, no salgo de un vientre, salgo de un huevo y por ello quizá mi complejo de ave. Hay algo, como una especie de condimento, como cuando en un platillo puedes paladearlo, pero bien, no distinguirlo. Así yo, y no sé si muchos de ustedes están pasado por algo similar, cambios en cadena y que no sé; pero cada vez que va a salir el sol, siento que necesito estar allí presente, temo que un día nos vayan a dar gato por liebre, que la luna a mí no me promete nada.

Las palabras que hoy de mí brotan, tienen tintes de vida y con ello hablamos automáticamente de la muerte, siempre que se denota una definición se invoca su contraparte. Y nos está mostrando el tiempo, el tiempo en esa línea de vida, el amaño del hilo que contiene tu historia, y debemos pensar qué clase de historia queremos en ella y por qué, no solo hacer cosas al azar, como si se regalan los días.

Las palabras de hoy, están cargadas de mucha contemplación, tengo el tiempo y esta vez un poco de ganas, lo admito, después de un rato de ver esa pared blanca créanme que ya le encontré algunos bosquejos, patrones y pienso que podría hasta confundirlo con algún tapiz. Escucho voces, pero esta vez no las de mi cabeza, escucho las de mis padres, la de mi hermana, el eco que hacen y forman en la cocina cuando están juntos, platican, sonríen y a veces hasta discuten; distingo sus tonos, sus formas, los temas. Me he vuelto sensible a los pasos y casi experta de saber quién se acerca. Me producen mucha felicidad mis amistades por del otro lado del teléfono, recuerdo esa conexión que nos trajo un día cerca y porque son parte de mi vida y en el amor me siento acompañada, el saber de algunas palabras que son sencillamente perfectas. Nos hemos vuelto fotos en movimiento, hologramas con historias y con mucho significado.

Las palabras de este escrito no tienen claustrofobia, tienen un tanto de melancolía y duda, pero la duda que solo expresan en esa palabra absoluta, de la cual gradúan cada que dejan de tenerla. Y yo, yo tengo un botella de vino tinto y una copa sin tallo esperándome en mi mesa de al lado.