Desmuriendo en el Sur que no existe

Por Daniel Salinas Basave

“Hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible,  que todo mundo sepa, que el Sur también existe”. Se nota que Mario Benedetti nunca estuvo en Nuevo León; de otra forma se habría dado cuenta que aquí el Sur nunca ha existido. La opinión pública solo tiene ojos para el gran Norte.  En la cosmovisión del regiomontano promedio  ese ente difuso y abstracto llamado Sur de Nuevo León se acaba en la Presa de la Boca o la Cola de Caballo. El resto es territorio comanche e incógnito baldío. 

 

Emocionalmente Monterrey y San Pedro están más cerca de Austin y San Antonio que de Galeana y Aramberri. Cientos de miles de regios van varias veces al año a Mc Allen y la Isla del Padre, pero muy pocos han visitado las sierras sureñas de su estado. Cultural y psicológicamente, Galeana y Doctor Arroyo están tan lejos de Monterrey como lo está Chiapas.

Los campesinos del Nuevo León austral  llevan años desmuriéndose y desviviéndose, pero ese rara sureñidad  nunca se ha colado en los temas de conversación el círculo rojo regio. Tampoco en las campañas políticas y en los programas de gobierno, pues son pueblos escasamente poblados que apenas significan unos cuantos votos

Entre agrestes sierras y serpenteantes  caminos que marcan la frontera entre la modernidad y el olvido, las comunidades del Sur de Nuevo León libran día con día una batalla a brazo partido por la supervivencia. Cuesta trabajo creer que en el mismo estado donde se elevan orgullosos los edificios de los corporativos de Valle Oriente y donde se ubica el municipio más rico de Latinoamérica, haya comunidades donde sobreviven con arados de bueyes apostando la vida a la cosecha del frijol,  la calabacita  y  la lechuguilla.

Pese a la adversidad que reina en ellas, las sierras del Sur de Nuevo León son ricas en paisajes naturales capaces de sorprender a cualquier viajero, como la Laguna de Labradores, en Galeana, que desde lo alto de las sierras luce como un pedazo de cielo azul en la tierra.

En un entorno aislado dominado día con día por la angustia de sobrevivir, terminar la escuela primaria es una proeza heroica. Para los maestros rurales,  acudir a dar clases significa algo parecido a un arado en el mar, un apostolado que los obliga a  arreglárselas en instalaciones escolares carentes de servicios en donde reciben a grupos de alumnos que suelen acudir a clases sin haber probado bocado. No es raro que algunos maestros acaben poniendo de su bolsillo para pagar algunas tortillas que alimenten a sus desnutridos pupilos, cuyos hogares a menudo están alejados muchos kilómetros de las escuelas.

En las sierras del Sur existen lugares con un pasado no exento de leyenda  y mito, como la comunidad de Dulces Nombres, lugar oculto en lo abrupto de la sierra de Zaragoza, que alguna vez fuera explotado como mina por los colonizadores españoles.

En Dulces Nombres había minas de cobre, zinc, plomo, y en baja proporción hasta de oro y plata.

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