Desde Holanda: Folklor mexicano

Al comentar con los holandeses el caso del proxeneta priista, Cuauhtémoc Gutiérrez, solo obtuve una reacción: una sonrisa de incredulidad acompañada con un gesto de negación con la cabeza. Una de esas cosas que aquí son imposibles. En este país un acto de corrupción es usar el vehículo oficial para uso privado, algo que en México vemos perfectamente normal.

Hechos como la prostitución en la sede del PRI, el caso de Oceanografía o los 196 asesores de Rosario Robles, o actos a nivel local como darles plaza a edecanes en el ayuntamiento de Tijuana, o contratar a la amante como secretaria particular en el ayuntamiento de Mexicali, muestran que no importa qué partido esté en el poder, la corrupción y la foto del mandamás en turno no pueden faltar en las oficinas de gobierno.

El sistema político mexicano está podrido y blindado contra el cambio. Los partidos políticos son la escuela donde los gobernantes aprenden el arte del “dando y dando”, del “toma y daca”, del “hoy por ti, mañana por mí”. Para muestra, la permanencia del “Góber Precioso” tras el triunfo de Felipe Calderón, la liberación y el reintegro de los bienes de Raúl Salinas, y el poder de los sindicatos y sus líderes.

Para cambiar de verdad haría falta que las candidaturas independientes fueran posibles. Necesita llegar una persona inspiradora y sin compromisos políticos de ningún tipo que de verdad transforme la forma de hacer política; alguien que termine su sexenio con los mismos bienes con los que inició, que no pague favores con puestos de trabajo, que no haga más ricos a los ricos, y ya puestos a pedir, que no se empeñe en usar botas de charol en actos oficiales y que si tiene hijas las eduque en el uso correcto de la redes sociales.

En Holanda el gobierno lo forma por fuerza una coalición de los tres partidos políticos más votados, y todas las decisiones deben ser aprobadas por todos ellos. Esto por supuesto ocasiona que a veces las resoluciones se tarden mucho tiempo en salir, y también pasa que el gobierno “se caiga”, al abandonar una o dos fracciones la coalición, lo que trae como consecuencia nuevas elecciones y más retrasos. El lado positivo es que el poder del presidente no es omnipotente. Dicen que tanto poder es peligroso. El poder enloquece; ahí está el ejemplo del ex presidente de Ecuador, Abdalá Bucaram, el extinto Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro, y por supuesto nuestro Vicente Fox.

Pero tampoco hay que echarle toda la culpa a los políticos, pues están donde están gracias a nuestros votos. ¿Qué nos queda por hacer si ya hemos probado el cambio y nos sabe a más de lo mismo?, nos queda asumir nuestro rol de jefes de nuestros gobernantes, exigir acciones y provocar destituciones si es necesario. Hemos olvidado que ellos están a nuestro servicio y no nosotros al de ellos. ¿Por qué siempre queremos quedar bien? De verdad, ya no hay lugar para “selfies”.