Denominación de origen

Por Ana Celia Pérez Jiménez

En el lugar que andamos, esos caminos y distancias que recorremos, el aire que nos entra en estampida a los pulmones, las voces y tonos tan propios que se canalizan en nuestro registro y suena a familia, acento de nuestra madre. Las aves de mi mañana sólo a mí me cantan, los árboles que abanican el viento, y como normal intruso la sonorización del tráfico entre las casas, entre la vida y una taza de café a eso de las nueve de la mañana. Las nubes que en este espacio derraman sus lágrimas, en un llanto muy específico con una historia y su melancolía, llegan al sur de sus vidas para regar nuestros huertos, nuestra flora, a humectar nuestro suelo, liberarlo de la sequía de los continuos pasos y que nuestras raíces crezcan.

Por aquí yo ando, vivo, me evado, camino y caigo; mi cama, mi estancia, mi mecedora y la mesa donde como, aquí mi vida. Esos lugares y estos que conocemos como la palma de la mano y sus veredas, donde tornan, donde quiebran, donde se cortan, bifurca y por donde y sus horas y tiempos; y por qué calles sencillamente nunca pasamos porque como diría el buen José Alfredo Jiménez «ahí me hiere el recuerdo», esas calles con nombres, esos lugares que nos marcan.

La tarde, el murmullo de una ciudad, el viento y sus tinturas te recuerdan que estás en casa. Vuelves a tu niñez en cruceros, en ciertas aceras y con específicos olores, recordándote a tus padres en un domingo de familia y esos sobremesas de horas, lugarcitos que se vuelven joyeros en el alma. Uno puede andar por el mundo, pero siempre con ese cuadro color sepia el cual nos firma el inicio de todo y colocamos específicamente en el centro de esa pared del recuerdo, con una pequeña lámpara justa para iluminar y dar toque de nostalgia. Hasta podría decir con cierta seguridad que el sol de este lado nos marca estratégicamente con pequeños lunares, deliberadas pecas cual notas musicales, su bofetada nos despeina y su calor nos aviva.

Somos uvas de esta región, con nuestra acidez media y tono característico, que ya en la madurez, en nuestra conjugación y arte se nos ve el cuerpo y abrimos el aroma. Venir de aquí, vivir aquí, pasar por aquí nos va marcando, cual dobles de hoja, como un sello de origen y es algo lindo. Si todo refleja lo que somos, también refleja de dónde venimos y por lo consiguiente todos nuestros derivados y herencia. Yo aquí sintiendo pasar la vida, yo aquí logrando un sitio, yo aquí ¡y listo!

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