Democratura

Por Juan Manuel Hernández Niebla

“Democracia es el arte de manejar el circo desde la jaula de los simios”. Henry Louis Mencken

Una de las premisas básicas de la democracia es que el éxito y la aceptación social de una persona dependen de su esfuerzo personal, no de su origen o fortuna.

Sin embargo, ese premio al mérito lejos de fortalecerla, ha generado desigualdad y descontento, mismos que han sido aprovechados por líderes populistas, que a través de mecanismos democráticos han ascendido al poder, convirtiéndose posteriormente en dictadores. Ejemplos actuales sobran, pero Fidel Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela son ejemplos clásicos.

Como “democratura” se conoce ese mecanismo político, que a través de la democracia evoluciona a dictaduras totalitarias e intolerantes, eliminando en su camino a las instituciones autónomas y organizaciones ciudadanas, incluyendo el control de los poderes legislativos y judiciales, eliminando cualquier contrapeso en el ejercicio del poder.

En una democratura nunca se impedirán unas elecciones, sino serán más bien manipuladas.

La democratura está siempre representada por un fuerte personalismo de su líder, que con aires mesiánicos hace del referéndum un culto, donde todo acto de excepción es en nombre de un pueblo ideal, metafórico y ficticio, buscando al mismo tiempo la construcción de un enemigo contra quien confrontarse, un enemigo nefasto y misterioso que justifica que respetar la ley se convierta en excepción, y la excepción un estado permanente para justificar cada acto de gobierno.

La presencia de una democratura es una consecuencia del fracaso de la democracia reflejada en una mala representación de los gobiernos anteriores, donde el ciudadano no se sentía escuchado ni representado, dándose el triunfo del populismo que construye una realidad imaginaria, donde el pueblo resuelve sus problemas sin necesidad de sus representantes, a través de un líder que actúa bajo la fórmula de hombre-pueblo.

En la visión del populista existen dos pueblos. El pueblo verdadero, bueno y moral contra el otro pueblo, normalmente representado por una elite que sirve a intereses extranjeros, obstaculizando y limitando las aspiraciones del pueblo sabio.

Los movimientos populistas triunfan donde existen democracias débiles, y se deben combatir no sólo denunciándolos, sino potencializando el funcionamiento de una verdadera democracia haciéndola más transparente, pero sobre todo representativa de todas las realidades del país.

La base de la democracia reside en el poder de las mayorías y presupone ésta se da cuando se alcanza la mayoría electoral, pero esta mayoría no necesariamente es representativa de todas las voluntades.

La verdadera democracia se cumple cuando existe una sociedad que está sensible de las necesidades de TODOS sus ciudadanos, por lo que consecuentemente una democracia efectiva no se puede limitar a una elección, que siempre será imperfecta en el sentido de que sólo representa una mayoría mínima, fácilmente manipulable, y por consecuencia de tiempo muy corto.

La democracia verdadera debe reconocer que existe la casualidad en el rumbo de nuestras vidas, y consecuentemente la fortuna y el infortunio no son exclusivamente nuestra responsabilidad, por lo que todos dependemos de todos.

Según el filoso Sandel en su libro “La Tiranía del Mérito”, la defensa de la democracia y sus libertadas inherentes no se debe dar combatiendo al populismo replicando la manipulación o el simplismo de éste, sino entendiendo mejor las causas del rompimiento que la democracia de clases ha generado, donde la democracia, en vez de “entregarse” al conocimiento, debe más bien actuar como contrapeso del mismo.