Demian y Calígula

Por Daniel Salinas Basave

Con harta frecuencia se me pide que nombre los libros o los autores que marcaron mi camino y desencadenaron la catástrofe escritural en la que a gritos y sombrerazos me he convertido. Suponen (y nada errados andan) que los libros marcan un camino y desencadenan una vocación. Yo soy mis lecturas y a su manera, cada libro leído ha dejado algo en herencia, aunque sea un terrible chasco. El detalle es que a la hora de hacer nuestra selección de lecturas, irremediablemente emitimos respuestas que son verdades a medias. Omitimos autores a los cuales ya no es “cool” citar como influencia y al mismo tiempo mencionamos ciertos libros que hoy deben formar parte del botiquín básico de primeros auxilios de un escritor de nuestra generación. Ya he escrito en algún texto anterior que ningún escritor setentero cita a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa como influencia, pero en cambio está de moda invocar a Ibargüengoitia.

Hay quienes quieren  romper la solemnidad  y dar un toque naif a su respuesta, por lo que no es infrecuente escuchar nombrar un cómic estilo Kalimán o El libro vaquero como la puerta de entrada a la literatura, aunque son más frecuentes quienes apuestan por jugarle al extravagante y citar un autor de nombre impronunciable que por supuesto no conoces, luego de afirmar que en su infancia leían a Beckett y en la adolescencia descubrieron a Foster Wallace.

Yo suelo mencionar con demasiada frecuencia a Borges y admito que para algunos puede ser un lugar común o un cliché, aunque no por ello es menos cierto que Georgie me marcó. En cualquier caso, hoy quiero hablar de dos libros extremos cuya lectura, en el verano de 1986, significó para mí cruzar un umbral. Uno fue Demian, de Herman Hesse y otro fue Calígula, de William Howard. Demian fue un regalo de mi madre y fue mi lectura durante un viaje a la Isla del Padre que hice en compañía de mi padrino José Manuel Basave, poco después del Mundial 86. Aún recuerdo la noche en que dibujé en mi imaginación al odioso Franz Krommer y al inseguro Sinclair. Demian, novela que el año entrante cumplirá cien años, cavó los cimientos de mi ateísmo, pues fue la primera lectura, antes de Nietzsche, que me hizo cuestionar la naturaleza del dios omnipotente y bondadoso. El Abraxas de Demian se transformó en mi primera deidad adolescente.

Un libro muy diferente es Calígula, tal vez mi primera y única lectura clandestina, pues la leí a escondidas de mis padres. Esta novela sobre el decadente emperador romano, me enseñó que a la hora de bucear profundo en la libido la literatura es más potente que el cine. Rica en detalles explícitos de incesto, bestialidad y sadismo, esta narración me hizo cruzar una frontera, aunque difícilmente aparecerá algún día en la lista de los libros favoritos de un escritor. Un libro absolutamente impropio para un púber de doce años de edad que se encargó de poblar mis fantasías. Hoy, a más de 30 años del verano del 86, Demian me parece de un idealismo naif y Calígula me sabe a porno-chatarra, pero en ese momento ambos tuvieron la fuerza para volarme la cabeza y desbarrancarme en un desvarío que de una forma u otra acabó marcando el camino.