Dejá Vu de otoño

Por Daniel Salinas Basave

Salvo cuando estoy de viaje, todos los días de mi vida veo las Islas Coronado e imagino mundos alternos e historias posibles. Lo verdaderamente atípico es verlas desde al aire. El pasado viernes 9 de noviembre, el avión que me traía de regreso de Mochis se siguió de largo y optó por aterrizar al revés para no desafiar los vientos de Santa Ana. Ello dio como resultado que volara sobre el Pacífico y diera vuelta justamente a la altura de las islas. Mi primera evocación fue el cuento La isla al mediodía de Cortázar, en el cual un aeromozo se obsesiona con un islote griego que contempla todos los días desde el aire hasta que un día decide visitarlo.

Después contemplé el estuario del Río Tijuana y la boca de mar que surge desde la frontera hasta el gran puente Coronado en San Diego. Pienso entonces en los millones de seres humanos que a través de los milenios pasaron por la vida sin tener nunca una vista aérea. Contemplar  nuestro entorno desde las nubes es privilegio de quienes hemos crecido en la era de la aviación comercial moderna. Durante miles de años a los seres humanos no les fue dado tener una auténtica vista área, de la misma forma que solo unos cuantos astronautas han podido contemplar la Tierra como la miró Neil Armstrong en julio de 1969.

A veces creo que todo está en la perspectiva. La historia del homo sapiens se transformó cuando nuestros antepasados se irguieron y caminaron en dos pies. Entre la vista periférica de un cuadrúpedo y la de un bípedo hay un universo de distancia. Desde el aire, la frontera Tijuana-San Diego es un Aleph caprichoso y desquiciado. Uno imagina los mil y un infiernos individuales que se incuban en ese desparramar de casitas por los cerros, pero también los sueños salvajes, los deseos rejegos, las esperanzas más ilusas.

Ya está aquí el Dejá Vu de otoño. Este amanecer lo he vivido infinitas veces y está poblado por mil y un  fantasmas que te hablan al oído. Ninguna época del año tiene días tan embrujados como octubre y noviembre. Es como si el entorno entero estuviera infestado de espectros aferrados  a mandar mensajes y jurarte que el Mito del Eterno Retorno existe.

La sensación es omnipresente: este aire y esta luz son de otro día que transcurrió  años atrás. En otoño suelen irrumpir como si nada las vueltas de tuerca y los radicales cambios en la dirección del viento. En Baja California brillan por su ausencia las hojas secas pintado de rojo los caminos, pero a cambio tenemos un cielo de petulante desnudez y atardeceres cómplices de las lunas más redondas. También tenemos la rabia del Viento de Santa Ana.

Con los amaneceres de noviembre han llegado las neblinas y a veces las puestas de sol también forman parte de la ficción. En otras albas, la neblina es barrida por la rabia del Viento de Brujas.

Hay días en que la niebla lo devora todo. Ante los ojos no hay mar ni horizonte, mucho menos islas. De las olas más furiosas sólo queda el retumbar perdido entre el color de los fantasmas. El resto es brisa helada, el abrazo de un Pacífico inoloro, el vacío… sólo el vacío.